martes, 23 de septiembre de 2014

SOBRE EL MANDALA, LA SINCRONICIDAD, EL UNUS MUNDUS Y EL SÍ-MISMO

Mandala extraído del Libro Rojo de C. G. Jung
El mandala, o círculo sagrado que puede expresarse espontáneamente como acto creativo, y que se manifiesta en imagen en el alma del hombre, es el equivalente psíquico o anímico del unus mundus, o sea, del mundo único que conjuga la realidad física y la psíquica.

El unus mundus puede entenderse como un orden psicofísico que trasciende nuestra comprensión consciente. De algún modo, podría decirse que se trata de la imagen de Dios en el alma del hombre; dicho de otro modo, el modo en que la realidad trascendente toma cuerpo en el alma del hombre. Ese Misterio, el misterio de Dios, de lo absolutamente trascendente, se manifiesta en la más íntima inmanencia, y a esa expresión, a ese fenómeno psíquico o anímico, es a lo que Jung denomina con el nombre de Sí-Mismo.

El Sí-Mismo, que es como Jung denomina a Cristo cuando se personifica o se vivencia como presencia imperecedera en lo más profundo del alma, es, por lo tanto, el ordenador, es decir, el eje rector de todo cuanto sucede en el ámbito físico y en el psíquico. De ahí que, en algunos de sus últimos trabajos, Jung dijese que lo inconsciente colectivo (el espíritu de las profundidades) contiene un saber absoluto.

Los fenómenos de sincronicidad son aquellas coincidencias significativas entre un aspecto material de la experiencia y su correlato psíquico como, por ejemplo, cuando una persona ha tenido un sueño y la realidad expresada en el mismo es vivida por el soñante en la vida consciente, en el mundo sensible. 

Por lo tanto, la sincronicidad es, en realidad, el aspecto paranormal del unus mundus; dicho de otro modo, la sincronicidad es el ordenamiento psico-físico de una realidad trascendente que, precisamente por ser trascendente, es una hipótesis de trabajo. Pareciera, por tanto, que, cuando un arquetipo, es decir, cuando una potencia espiritual como lo es el Sí-Mismo irrumpe en la consciencia, lo atemporal se expresa en el tiempo. Los hindúes denominan a esta irrupción de lo atemporal en el tiempo con el nombre de avatar. Un avatar es, de hecho, una encarnación del Espíritu, y tiene su paralelo en la religión cristiana en la persona de Cristo, es decir, en la encarnación de Dios en Jesús el Cristo.  

Para terminar os dejo la entrevista que le han hecho a Pablo d´Ors quien, en términos sencillos, expone ideas de un calado impresionante: