martes, 28 de marzo de 2017

EL VIAJE INTERIOR O PROCESO DE INDIVIDUACIÓN

Cuando hablo o escribo sobre el Viaje Interior, peregrinación por el alma o proceso de individuación me siento como imagino que se habrán sentido aquellos primeros viajeros que, en tiempos de Cristóbal Colón, se encaminaron hacia tierras extrañas y, después de haber conocido un Nuevo Mundo, regresaron para contárselo a sus conciudadanos. Es decir, uno no sabe, a priori, si los demás han estado allí o no; si están yendo hacia ese nuevo mundo; o si están preparándose para ir. En pocas palabras, no sé en qué momento y en qué lugar están cada uno de ustedes. 


Sin embargo, la peregrinación anímica, a diferencia del viaje en barco a las Américas y a las Indias, empieza y termina en el mismo punto: Uno mismo.  Y la extraña tierra a la que uno se dirige no se encuentra allá fuera, sino en lo más íntimo de uno mismo. 


Este viaje comienza abandonando el mundo conocido, o sea, la consciencia que compartimos con nuestros familiares y compatriotas, para iniciarnos en un mundo que, pese a estar en nosotros mismos, resulta que nos es totalmente desconocido. 


Ese viaje interior, que podemos asimilar al viaje del héroe, como lo hace el estudioso de los mitos Joseph Campbell, Jung lo denomina proceso de individuación aludiendo con ello a que tiene como finalidad la realización más completa de la personalidad del individuo. Un proceso dinámico que se relaciona con lo que en las tradiciones religiosas se denomina iniciación


Ahora cabría preguntarse, ¿qué es una iniciación? ¿Cómo tiene lugar? Por iniciación entiendo un proceso psicológico y espiritual en el que se produce una muerte de un estado de consciencia previo y un renacimiento a un nuevo estado de consciencia. El psiquiatra Stanislav Grof denomina al estado de consciencia que muere con el nombre de hilotrópico, para referirse a aquel estado en el que la consciencia gira en torno a, o se orienta hacia, la realidad material, a aquello que puede ser percibido por los sentidos externos (o sus sustitutos tecnológicos). El estado de consciencia que renace lo denomina Grof holotrópico y con ello se refiere a que en dicho estado la consciencia de la persona gira alrededor de la totalidad, es decir, se orienta hacia la totalidad, despertándose a la realidad interior o mundo interior (a la realidad del alma, tal y como lo expresa C. G. Jung).


Cuando se produce este despertar de los sentidos interiores a la realidad del alma, a la realidad transpersonal, la consciencia del individuo se pone en consonancia con ciertos principios universales que rigen el acontecer de toda la naturaleza, del cosmos, así como de la vida instintiva y espiritual del ser humano.  A esas grandes tendencias universales el psiquiatra C. G. Jung las denominó arquetipos, valiéndose de la terminología que Dioniso el Aeropagita y otros autores antiguos utilizaron para referirse a la misma realidad. 


En la actualidad, el inicio del viaje interior puede tener lugar en personas que se han visto forzadas, por las circunstancias externas -crisis de sentido, crisis de pareja, sucesos altamente traumáticos, situaciones de gran sufrimiento, etc.-, a replegarse hacia sí mismas  y, gracias a un proceso terapéutico, en muchos casos con la ayuda de un profesional, en otros, los menos, sin ella, acceden a una realidad que está más allá de su consciencia. Aquí conviene reseñar que el proceso de individuación (o el viaje interior) es un proceso autónomo, es decir, que no depende de la voluntad consciente de los individuos. No depende, por lo tanto, del esfuerzo y del empeño que uno ponga en iniciar ese viaje, que, por cierto, no es nada sencillo, sino que, de algún modo, es la propia dinámica interior la que marca el inicio y el ritmo que seguirá dicho proceso. Lo que la consciencia puede hacer es acompañar el proceso, o sea, implicarse activamente en realizar el viaje, sabiendo que dicho viaje es único e irrepetible para cada persona y, por lo tanto, que no hay ningún manual de instrucciones, ni ningún DSM (Manual Diagnóstico de Enfermedades) que nos dé la respuesta de antemano a los retos y a las dificultades que se irán presentando.


Ya hemos dicho que el viaje es autónomo y que no está sujeto a la voluntad de la persona. No por meditar cuatro horas al día se va a producir una iniciación a la realidad interior -aunque, si se realizada adecuadamente, puede favorecer dicho proceso. Parece, no obstante, que lo interior, el alma o lo inconsciente, tiene su propio ritmo y es más bien la consciencia la que debe sincronizarse con dicho reloj interno. 


¿Por qué hablar ahora del viaje interior? ¿Qué implicaciones tiene para el individuo y para el mundo?



Nuestra época, a diferencia de épocas pasadas, es una época prometeica,  en la que el hombre le ha robado el fuego de la fisión nuclear a los dioses (el Sol), y la revolución tecnológica y científica nos ha permitido realizar cosas que el hombre antiguo no hubiese podido concebir. Hoy es posible realizar viajes a otros planetas;  gracias a los avances biotecnológicos se puede clonar un ser humano y producir Organismos Genéticamente Modificados; es posible estudiar el cerebro humano mediante técnicas de neuroimagen como la Resonancia Magnético Funcional, etc.

 
Este potencial, sin embargo, parece que va unido a una tremenda falta de consciencia del hombre de la realidad interior, y por lo tanto, del mal inherente a la naturaleza humana, lo que podría conducirnos a la destrucción real, y no solo mitológica, de la vida en el planeta. Desgraciadamente, la consciencia del hombre medio acerca de la realidad interior es semejante a la de un niño, mientras que el intelecto se ha desarrollado unilateralmente hasta extremos insospechados. Esta mezcla de hipertrofia de la consciencia racional científico-tecnológica y de atrofia de sabiduría interior es, desde luego, explosiva, y no se ha dado nunca antes en la historia de la humanidad. 


Por eso considero tan importante seguir la llamada a la realización del viaje interior (la vocación auténtica), porque, desde mi punto de vista, es el único antídoto eficaz para compensar la alienación del hombre de su mundo interior y el peligro que esto supone. Cuando el ser humano sustituye la fe en una realidad trascendente por la fe en un producto creado por su consciencia, el  hombre se endiosa, realizando todo tipo de excesos y de tropelías. Las religiones dejan de ser guías eficaces para conducir al hombre hacia el encuentro con aquello que lo trasciende y de cuya existencia depende, y se produce un aumento de ideologías de todo tipo. Las sectas comienzan a proliferar y los grupos crecen a expensas de la despersonalización de sus integrantes y de la ausencia de una auténtica vida interior. 


 
Muchas gracias por su atención.



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