sábado, 1 de agosto de 2009

REFLEXIONES SOBRE LA EMERGENCIA DEL MAL EN EL MUNDO (Primera parte)


Vivimos en un momento cultural en el que los errores del pasado nos están pasando factura. El concepto de Karma, una suerte de boomerang lanzado en el pasado y que regresa hacia nosotros en el presente, nos puede servir para ejemplificar el problema que debe arrostrar el ser humano moderno.


Al planeta Saturno se lo conoce como el Guardián del Umbral o el Señor del Karma, precisamente porque representa la manifestación, la solidificación, la coagulación en el ámbito material, tanto de los “errores” cometidos en el pasado, cuanto de las acciones bien ejecutadas. Podría decirse, a modo de ejemplo, que representa una ley según la cual no hay acción humana que no tenga su efecto, su consecuencia. Todo cuanto hacemos tiene una resonancia en la Eternidad y, de ahí, acaba manifestándose en el ámbito de la Creatura.

Por consiguiente, se comprenderá también el porqué se relaciona a Saturno con Cronos, el dios del tiempo. Este simboliza el momento en que lo no manifestado esta presto para tomar cuerpo, el tiempo en que lo incorpóreo se corporiza.

Y, se preguntaran algunos, ¿qué tiene esto que ver con el problema de los abusos sexuales perpetrados por los sacerdotes católicos? Pues mucho. Porque estamos recogiendo lo que en su día sembramos. Quizás un modo elocuente de explicar la etapa cultural que nos toca vivir sea aludiendo a la emergencia de aquellos contenidos reprimidos y suprimidos durante siglos. Aquellos en los que ha dominado el cristianismo. Y, téngase en cuenta que, la moral que ha regido, y continua rigiendo en gran medida, en occidente esta impregnada por los valores judeocristianos y griegos, principalmente.

Lo que caracteriza la antigua ética, como muy bien explica E. Neumman en su libro Psicología profunda y nueva ética es la “absolutización” de ciertos valores que considera como imperativos. Ya sea que se trate del catolicismo, del islamismo o del judaísmo, lo que caracteriza a todas las religiones ortodoxas (como, por otro lado, es común a toda institución) es que hay un bien cognoscible que se considera como valor absoluto y que rige la conducta humana en general. Así, el ideal de perfección se realiza adaptando el proceder humano a ese valor absoluto, relegando todo cuanto no se ajuste a el a las catacumbas de lo inconsciente. Esto significa que la formación ética del individuo tiende a la unilateralidad, y mediante una violenta y sistemática exclusión, rechaza todo aquello que no se adapta al valor considerado como bien supremo.

Si bien es cierto que la sumisión del hombre a la antigua ética permite un desarrollo de la consciencia, mediante la formación del complejo del yo o Ego, y, por consiguiente, la diferenciación con respecto al sustrato materno de lo inconsciente, no es menos cierto que el mantenimiento de esta actitud provoca una escisión en dos bloques: de un lado, lo que se adapta al ideal ético; del otro, aquello que se rechaza por no ajustarse a ese ideal.

El verdadero problema reside en la identificación del individuo con los valores considerados absolutos. Y no es el valor absoluto en si mismo el que supone un peligro, sino, más bien, el hecho de que el individuo se identifique con un contenido suprapersonal, en forma de valor absoluto, lo que genera en aquel una inflación egoica. El efecto de dicha inflación se manifiesta en que el individuo cree estar en posesión de la verdad última, del valor ético absoluto, y, por tanto, se convierte en inhumano al perder el sentido de sus límites.

El síndrome de la “conciencia tranquila” demuestra a las claras una inflación por identificación con unos valores considerados como absolutos. Se dice tener la conciencia tranquila cuando se actúa de acuerdo a esos valores, aun cuando se efectúen las más terribles barbaridades. Erich Neumann, en su libro Psicología profunda y nueva ética, lo expresa muy sucintamente:

“Por la identificación del Ego con los valores colectivos, el Ego tiene la “conciencia tranquila”. Presume de concordar con los valores positivos reconocidos de su ámbito cultural (social, laboral, etc.) y ya no se siente solamente portador de la luz consciente del conocimiento humano, sino también de la luz moral del mundo de los valores.”

Y continúa:

“El Ego incurre con ello en una fatal “inflación”; es decir, lo consciente se siente invadido por un contenido inconsciente. La inflación de la “conciencia tranquila” consiste en la infundada identificación de un valor muy personal, el Ego, con un valor suprapersonal, lo que hace al individuo olvidar su Sombra, o sea, su corporeidad y limitación de criatura, y con ello se cruzan la inevitable discordancia del Ego con los valores colectivos… La represión de la Sombra y la identificación con los valores colectivos son dos aspectos de un mismo proceso.”

Lamentablemente, tanto la historia personal, cuanto la colectiva, nos enseña que toda inflación egoica lleva aparejada una total y completa ruina por obra de los elementos reprimidos, suprimidos, negados u omitidos. Puesto que son estos, por la Ley del Karma simbolizada por Saturno, los que tienden a tomar las riendas de la consciencia, devorando al pretencioso Ego y haciéndolo caer de las alturas de su insolente engreimiento. Tal es el castigo por su hybris.

Quizás ahora se entiendan mejor las tremendas irrupciones del mal en los más variados ámbitos de la existencia humana. No sólo la Iglesia católica está sufriendo la emergencia de los elementos provenientes de su bien cebada Sombra, entre los que destaca la irrupción demoníaca de la sexualidad reprimida, sino que, toda institución, desde las instituciones políticas, pasando por las universidades tendrán que hacer frente a los contenidos que irán emergiendo desde la Sombra.

En mi ensayo titulado Réquiem por una muerte anunciada, expuse con bastante lujo de detalles lo que tiende a suceder en los periodos de inundación por parte de los contenidos inconscientes. En numerosas ocasiones he afirmado la importancia que tiene el trabajo personal con la Sombra, la toma de consciencia de que toda inmundicia humana manifiesta en el mundo no es sino un reflejo, una imagen especular, de la inmundicia residente en el alma humana. Así pues, el modo efectivo de trascender el mal, de transmutarlo, consiste en un trabajo de toma de consciencia de la implicación personal en lo que está aconteciendo en el mundo. Gritar a voz en cuello que el mundo esta inundado por la sombra no hace sino alimentar y amplificar esa sombra con las proyecciones de las oscuridades de cada cual. No se trata de imputar el mal fuera, sino de asumir e iluminar las oscuridades que yacen en nuestro interior. La verdadera iluminación se obtiene de ese modo; no extendiendo el dominio de la luz, sino iluminando la oscuridad. Es así que, no será la ciencia ni la tecnología quienes nos saquen del atolladero al que ellas mismas nos han conducido, sino el conocimiento de las profundidades de uno mismo.

Para ir a la segunda parte, pincha aquí

5 comentarios:

Maribel Rodríguez dijo...

Interesante artículo José Antonio. Aunque discrepo en lo de que no hay valores absolutos. Los valores universales: verdad, bondad y belleza nos orientan hacia el valor absoluto, el máximo bien, la luz infinita de Dios. Solo Él es un Absoluto, no nosotros. El riesgo de la inflacción egoica o soberbia es pensar que uno es Dios o que esos valores los posee uno. Más que poseerlos se encarnan en uno, se manifiestan a través de uno, pero uno no es ellos.

Las personas que se disocian entre bien y mal, piensan que un valor relativo, que expresa el valor absoluto, es algo absoluto y se identifican con él hasta el punto de matar por una idea. Es decir, piensan que una determinada perspectiva, que puede ser una manifestación de la verdad absoluta, es la máxima verdad posible y son capaces de destruir el bien, la verdad y la belleza en pos de una verdad parcial. De tal manera, que su verdad parcial, destruye el máximo bien.

Por otra parte, me parece necesario iluminar la oscuridad y para ello se me hace necesario expandir la luz o abrirse a ella. No veo una cosa contrapuesta con la otra.

Por lo demás, te felicito por tu artículo, pues estoy bastante de acuerdo con el resto de las ideas.

Un abrazo

Maribel

José Antonio Delgado dijo...

Hola Maribel:

Gracias por participar en mi blog y por tus comentarios tan interesantes. Me gustaría matizar, a tu discrepancia, que yo no afirmo que no existan valores absolutos. Bien sabemos que hay ciertos principios, que son absolutos, y que tan sólo son los ropajes con los que se envisten los que van cambiando de época en época. Esos principios universales, también llamados arquetipos, nombre que la psicología analítica ha tomado de Dioniso Aeropagita, son los equivalentes al concepto de "eidos" platónico.

De entre esos "eidos" o ideas, la idea de Dios es la Verdad, lo Absoluto por antonomasia. Los creadores de todas las religiones, Jesús, Moisés, Mahoma, Buda, etc., todos ellos, han tenido el privilegio de escuchar la Voz Interior, de tener un contacto directo con la Fuente, con el Ser, con la chispa divina que yace en su interior. La ciencia sólo puede hablar de la Idea de Dios, no de Dios en sí mismo, de su esencia. Esto queda restringido al ámbito de la experiencia vital. Ahora bien, lo que nos enseña la experiencia es que, una vez que esas vivencias son transmitidas por los progenitores espirituales a una élite, ésta, a su vez, va transmitiéndola al resto de la comunidad. El mensaje original, fruto de la experiencia vital íntima, de la experiencia mística o religiosa, o como se la quiera llamar; como digo, la experiencia prístina comienza a institucionalizarse, se enrigidece y pierde su vínculo con la vivencia original. En ese momento, las personas hablan y defienden valores, que, aún siendo absolutos en sus inicios (representan la Voz interior que habla a través del vehículo humano que es el fundador de una religión), no dejan de ser una expresión individual de ese absoluto vivido. Y, por consiguiente, representan un modo de expresión del Absoluto, más no el único. Y, siendo esto así, cuanto más alejados están los valores que se defienden de la experiencia original, mística, tanto más rígida se vuelve la posición de quienes los defienden. Así, por la ley de compensación que rige en psicología, a una actitud dogmática o, llevada al extremo, fundamentalista, se le opone en lo inconsciente una tormentosa duda, precisamente por falta de experiencia.

En cuanto a lo que dices de expandir la luz o abrise a ella, estoy de acuerdo, si a lo que te refieres es a la Luz Interior, a la Chispa divina. Pues, cuando hablo en mi ensayo sobre la iluminación de la oscuridad, me refiero al conocimiento de Uno mismo. Y ese conocimiento, que no hace demasiado disfrutaba de buena salud, en tanto que existía, proporcionalmente, una introspección mayor (la etapa en la que, por ejemplo, floreció el Románico o el Gótico, una época en la que los Templarios eran custodios de un conocimiento trascendente, etc...), resulta que hoy, a unos avances científicos y tecnológicos vertiginosos, le han correspondido un embotamiento del alma cada vez más acusado. Parece como si existiera una proporción inversa: a más conocimientos científicos y tecnológicos, mayor embotamiento anímico. Gracias a Dios, comienzan a verse indicios, cada vez más importantes, de una unificación entre ambos. Pues, al fin y a la postre, de lo que se trata es de unificar Ciencia y Espiritualidad, conocimiento y sabiduría, consciencia e inconsciente (en una entidad que hoy llaman Conciencia, con mayúsculas), etc... O, en palabras de la tabla de esmeralda, " Lo que está más abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo. Actúan para cumplir los prodigios del Uno."

Un abrazo

José

Maribel Rodríguez dijo...

Gracias José por tus aclaraciones y argumentaciones. Ahora sí estoy totalmente de acuerdo. Me parece muy enriquecedor e ilustrativo todo lo que me dices.

Un abrazo

Maribel

José Antonio Delgado dijo...

Hola Maribel:

Gracias por tus amables palabras y me alegro de que te resulten enriquecedores mis aportes.

Un abrazo

José

Anónimo dijo...

Hola José Antonio leerte siempre es una fuente de placer por que me invita a replantearme asuntos que no me quedan muy claros. Yo no soy terapeuta ni experto pero empiezo a tener serias dudas con respecto al significado del concepto Karma en el que subyace la ley de causa y efecto, un recoger lo sembrado, un boomerang metafórico. Me inclino a pensar que la psquis no es algo estable, nos movemos pendularmente entre estados de conciencia de mayor o menor apertura tendiéndose a estabilizar en un rango mas o menos ancho. Yo entiendo unificar e integrar como la capacidad para fluir con los contenidos de nuestra conciencia que como hemos visto pueden ser muy variables dependiendo del sujeto. De tal forma que Karma vendría a ser los elementos no integrados del rango donde nos hemos estabilizado. Son como los peldaños que te impulsan a nuevo nivel de apertura que contiene esa banda que se balancea entre el instinto y la inflación. Por eso a cada nuevo nivel se encuentra uno con las experiencias karma que van acorde a lo que se vive, la llamada emergencia del mal por tanto no es por lo sembrado, si no por lo que no ha sido integrado que persiste como una semilla que brota aeternum. Bueno es una idea que ha mi inflacionistamente me parece fascinante.

Saludos cordiales

Juan x Manuel