domingo, 14 de marzo de 2021

PSICOTERAPIA DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA. EL PROCESO DE INDIVIDUACIÓN


PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA. PARTE 5.

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.




Mani y el maniqueismo

Continuamos en este artículo escrito para psicología junguiana con el simbolismo presente en la figura de Mani. 

Como vimos en nuestro anterior artículo, el nombre de Mani, Manes, significa vaso. Este símbolo alude al recipiente en el que tiene lugar la obra alquímica de transformación del plomo en oro. Pero como dijimos Mani se cambió de nombre. Su nombre original era Gabricus, que se asemeja mucho al nombre con el que los alquimistas se referían al azufre (kibrit). 

Además, Mani fue un niño huérfano, adoptado por una mujer aristócrata, por lo que estos detalles biográficos están relacionados con los símbolos del huérfano, del solitario y del hijo de la viuda, a los que ya nos hemos referido en un artículo anterior

Recordemos que Mani obtuvo de su padre adoptivo cuatro libros procedentes del sabio Escitiano, maestro de su padre adoptivo, pero que le llegaron como legado de su madre adoptiva. Desde un punto de vista psicológico esto se puede interpretar como el descubrimiento que el yo consciente hace de un conocimiento proveniente del anciano sabio, una personificación del sí mismo, como resultado de la relación del yo con lo inconsciente colectivo (la Madre). En definitiva, la sabiduría que proviene del principio espiritual simbolizado por el anciano sabio.

De hecho, Jung relaciona a Mani con el azufre negro, al que se refiere como "la oscuridad activada en la materia, la sombra del Sol, que representa la virginal y materna materia prima". Lo que probablemente aluda al conocimiento que se obtiene cuando la consciencia mantiene relaciones con lo inconsciente que, como vimos, es un acto simbolizado por la alquimia mediante la coniunctio, la hierogamia o el incesto.

E. Edinger, en sus conferencias sobre el libro de Jung Mysterium Coniunctionis, se refiere de un modo acertado a ese conocimiento que se obtiene mediante la relación de la consciencia con la oscuridad ctónica o subterránea de lo inconsciente y lo contrapone al conocimiento obtenido mediante la adopción de un sistema filosófico o una religión ya formulada y altamente diferenciada. 

Nosotros nos hemos referido anteriormente a la vía seca cuando hablamos de ese camino que honra al tabú del incesto y sigue al padre. Una forma moderna de este camino sería aquél conocimiento que se obtiene del saber científico proveniente de las figuras que representan la autoridad científica en un determinado ámbito (el padre), y que confieren a la consciencia colectiva racional (logoterapia, psicoanálisis clásico, terapia cognitivo conductual, etc.) la máxima importancia. 

Como dijimos anteriormente, ya desde los primeros siglos del cristianismo, Cristo ha adoptado para el cristiano dogmático la imagen luminosa de ese conocimiento espiritual que desciende de las alturas, mientras que Mani, como azufre negro, es un contrapunto a ese Cristo exclusivamente luminoso, bueno y "espiritual", es decir, una especie de hermano oscuro de Cristo.

Los psicólogos de orientación junguiana estamos especialmente familiarizados con ese conocimiento que proviene de la profundidad de lo inconsciente a través de las experiencias visionarias (sueños y visiones) y de los productos creativos de la imaginación activa: la vía húmeda.

Para aquellas personas que siguen una vía seca, Jung y, en general, lo junguiano, es concebido como "errado", "equivocado", "no científico", "místico", "meramente psicológico", "maniqueo", "gnóstico", etc., y las críticas se suceden y repiten, muchas veces por un desconocimiento profundo de la obra junguiana, pero sobre todo porque quienes lo critican, bien no pertenecen al ramo, bien desconocen los hechos psíquicos a los que Jung, y la psicología junguiana, se refiere. Hay que indicar aquí que un mero conocimiento intelectual no basta para la comprensión del proceso y sólo aquellos que están recorriendo el camino pueden darse cuenta del tremendo esfuerzo que hizo Jung para hacerlo perceptible e inteligible a otros peregrinos.

No obstante, como se desprende de lo que venimos diciendo, la vía húmeda junguiana es un camino inadecuado para los "hijos del padre". Para estos últimos, repetimos, es la vía seca la adecuada y sería un terrible desatino, no exento de consecuencias desafortunadas, adentrarse en la oscuridad de las entrañas de la madre (lo inconsciente). 

Lo mismo puede decirse de los prístinos hijos de la Madre, para quienes, en la medida en que quede un resquicio del padre, la consciencia no podrá acceder a los dominios de la profundidad. Esto puede expresarse en sueños mediante una batalla entre la consciencia colectiva, simbolizada por ejemplo en un grupo de hormigas guerreras o legionarias, y la consciencia individual y sus contenidos, simbolizados por el yo y sus compañeros, teniendo acceso a los dominios del espíritu de la profundidad, después de que el yo haya derrotado a los representantes de la consciencia colectiva (las hormigas).

Por ese motivo, los psicólogos de orientación junguiana sabemos que es imprescindible conocer y respetar las necesidades anímicas del paciente y sólo en determinados casos es adecuada una intervención que conduzca a la consciencia a las oscuras profundidades de lo inconsciente.

Hace casi veinte años, en un artículo que escribí para la Jung's Page norteamericana, titulado El Reino de Acuario: la Unión de los Opuestos, me referí a la importancia que han tenido los hallazgos descubiertos en un lugar de Egipto, cerca del monasterio de San Pacomio, en Nag Hammadi, a unos cien kilómetros de Luxor. Me referí entonces, y lo retomé de nuevo en mi libro La hermandad de los iniciados, a que el descubrimiento de los manuscritos del cristianismo gnóstico primitivo parecía apuntar a que nuestra época está más próxima a poder asimilar la sombra colectiva del cristianismo oficial, al hermano oscuro del Cristo luminoso y exclusivamente bondadoso de la postura dogmática. 

En todo caso, debo hacer una aclaración antes de proseguir. A Jung le han tildado de maniqueo, así como también de gnóstico. Estas designaciones tienen en el occidente cristiano un significado peyorativo, porque se refieren sobre todo a la defensa de una posición dualista de la realidad y de Dios. Al criticar Jung la posición dogmática cristiana de Cristo como sumo bien y, con ello, la idea de la privatio boni, señalando que en el ámbito de la psicología los productos de lo inconsciente que simbolizan la imagen de Dios, es decir, el sí mismo, son paradójicos; como, por cierto, también lo son las imágenes tradicionales de Cristo. Al así hacerlo, los defensores del padre le han dicho que sigue los pasos del maniqueísmo o del gnosticismo. 

Pero Jung, y los terapeutas de orientación junguiana, está en las antípodas del maniqueísmo. En Mani el bien y el mal tienen ambos una existencia sustancial, el mismo grado de realidad, sí, y en eso coincidimos; ahora bien, para el maniqueísmo se trata de opuestos irreconciliables. Mani y, en general, el gnosticismo cristiano considera el mundo, la materia, como la expresión del mal, al hombre como caído en este mundo dominado por el maligno, y, por tanto, de acuerdo con esa concepción, habría que hacer todo lo posible para dirigirse hacia el bien, que está en el Pleroma

Sin embargo, Jung habla de la unión de los opuestos: mediante el autoconocimiento de la paradójica esencia del sí mismo, y gracias a la integración de los contenidos de lo inconsciente y la retirada paulatina de las proyecciones. Para ello se hace indispensable la meditación, es decir, la introspección, la comprensión de los sueños y los productos de la imaginación, lo que conduce a la toma de consciencia del sustrato arquetípico que convoca todo cuanto la consciencia vive, y que esta considera, erróneamente, como proveniente del mundo. En definitiva la individuación.

Por último, antes de finalizar este artículo, creo necesario hacer una observación respecto de las experiencias visionarias que forman parte de la terapia de orientación junguiana. El trabajo con las imágenes consiste básicamente en que el paciente preste atención y se involucre activamente en la captación de las imágenes de los sueños, de los estados emocionales o las visiones que le sobrevienen en estado de vigilia. Escribir sobre ellos, anotarlos en un diario fechado, dibujarlos o esculpirlos ayuda a seguir la pista a sus transformaciones. Buscamos con ello una integración en la consciencia de los contenidos que surgen objetivamente desde lo inconsciente.

Se diferencia, por lo tanto, de aquellos métodos, de tipo hipnótico o meditativo, dirigidos por un terapeuta o un guía, en los que este introduce una imagen o un tema elegido subjetiva y conscientemente, y que se han vuelto muy populares en occidente: por ejemplo, el mindfullnes, la hipnosis, la meditación cristiana inspirada en los ejercicios de San Ignacio y otros ejercicios espirituales de inspiración hindú. Todos ellos tienen el valor de que intensifican la concentración y ayudan a consolidar la consciencia, permitiendo que esta se fortalezca, evitando así la irrupción de lo inconsciente. Pero en lo que se refiere al acceso a la profundidad y la síntesis de consciente e inconsciente no tienen ningún valor.


 Bibliografía


González, J. (2004). El retorno al Paraíso Perdido. La renovación de una cultura. Soria. Editorial Sotabur. 

González, J. (2020). Cómo integrar tu sombra. Madrid. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. ( 2020). INICIACIÓN. El estertor del patriarcado. Madrid. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. (2020). La hermandad de los iniciados. Madrid. Ed. El hacedor de lluvia.

Jung, C. G. (2011). Aion. Contribuciones al simbolismo del sí mismo. Madrid. Ed. Trotta Vol.9/2.

Jung, C. G. (2002) Mysterium Coniunctionis. Madrid. Ed. Trotta. Vol. 14.



lunes, 8 de marzo de 2021

PSICOTERAPIA DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA. EL PROCESO DE INDIVIDUACIÓN.


PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA. PARTE 4.

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.


Proseguimos en este artículo hablando sobre las experiencias convocadas por la profundidad para el blog psicología junguiana. 

En nuestro anterior artículo hablamos de las experiencias convocadas por el sí mismo (imagen de Dios en el alma) durante el proceso de individuación, y nos referimos al simbolismo alquímico de la piedra filosofal como sinónimo del "hijo de la viuda". Decíamos que este sinónimo procedía del maniqueísmo, dado que a los seguidores de Mani se los conocía como "hijos de la viuda".

En los próximos artículos quiero profundizar en el significado simbólico de Mani y el maniqueísmo en un proceso de individuación, y en la importancia que tiene comprender el rechazo que provocó en los padres de la Iglesia.

Mani y el maniqueísmo

Los datos biográficos sobre Mani de que disponemos son fragmentarios pero desvelan hechos muy interesantes para la comprensión de ciertas experiencias convocadas durante un proceso de individuación. 

Según parece Mani fue un niño huérfano y, por lo tanto, es el ejemplo del "hijo de la viuda" por excelencia. Su nombre original debió de ser Cubricus que cambió posteriormente por el de Manes, palabra esta última babilónica que significa en castellano vaso. Fue vendido con cuatro años como esclavo a una rica viuda, quien le tomó cariño y le adoptó haciéndole heredero de su fortuna. No obstante, con la fortuna de su madre adoptiva Mani heredó, a ojos de la tradición cristiana, el verdadero veneno de su doctrina gnóstica. Se trata de los cuatro libros de Escitiano, también conocido como "Buddha", maestro de su padre adoptivo Terebinto. Dicho nombre podría ser una alusión al budismo, dado que se cree que Escitiano pudo haber hecho un viaje a la India y quizá haber sido un Brahman. De hecho, la transmigración de las almas que la doctrina de Manes contiene podría proceder del budismo.

La biografía de Escitiano es legendaria: se dice que había estado en Jerusalén en tiempos de los apóstoles. Profesaba una doctrina dualista que, de acuerdo con Epifanio, se ocupaba de los pares de opuestos "blanco y negro, amarillo y verde, húmedo y seco, cielo y tierra, noche y día, alma y cuerpo, bueno y malo, justo e injusto". 

Para el cristianismo, Mani extraía de aquellos libros su perniciosa herejía, envenenando a los pueblos. Esto es especialmente importante porque el maniqueísmo representa, junto con el resto de sectas gnósticas, la sombra colectiva del cristianismo.

Como sabemos, Agustín de Hipona, uno de los padres de la iglesia, responsable, entre otros, de la construcción de la consciencia colectiva occidental (cristiana) abrazó el maniqueísmo durante su juventud. Tras una serie de vivencias, que Agustín expone en sus Confesiones, se convirtió al cristianismo volviéndose especialmente vehemente y vituperante contra Mani y su doctrina. 

Esta reacción es un ejemplo histórico temprano de lo que tiende a ocurrirles a los conversos que abandonan una religión o una ideología para abrazar otra. Esto es especialmente así cuando la consciencia no se ha liberado de la heimarmene, de la compulsión de los astros, es decir, de la identificación con uno de los opuestos. Estos giros enantiodrómicos pueden producirse, por ejemplo, cuando una persona que durante la juventud abrazó una ideología racionalista y materialista, como lo es el comunismo o el marxismo o neomarxismo, en la adultez se convierte al cristianismo, al judaísmo o al Islam. O bien, a la inversa, cuando un cristiano decide abrazar una ideología comunista, abandonando el monasterio

Agustín defendió la doctrina cristiana de la privatio boni. Para él, Cristo es el sumo bien, excluyendo a su antagonista, el poder maligno. El mal, para Agustín y para la tradición cristiana, carece de sustancia, es sencillamente una ausencia de bien o de perfección. Por consiguiente todo bien procede de Cristo, y según esa concepción, todo mal solo puede proceder del hombre. 

Sin embargo, Mani concede al mal el mismo grado de realidad que el bien, y una existencia sustancial. En eso coincide con el resto de sectas gnósticas. De hecho, la secta cátara o albigense, aniquilada por la ortodoxia cristiana del modo más atroz, tenía raíces maniqueas. Con toda probabilidad, Mani tuvo experiencia directa con la realidad del mal, con el Diablo, de ahí el dualismo de su doctrina. Esto le valió la animadversión de los padres de la iglesia, y Agustín lo consideró la encarnación del Diablo. 

Este hecho histórico es un ejemplo temprano de lo que sucede cuando a un/a hijo/a del padre le señalas al Diablo y sus maquinaciones: identificará al Diablo con el mensajero y testigo. Creerá que la persona que ha experimentado, visto e identificado el mal es él mismo el mal del que le trata de alertar. De ahí que lo más prudente para una persona con un conocimiento así sea ver, oír, identificar y callar. La consciencia colectiva, y sus portadores, no comprenderán sobre qué se les está hablando y se producirá una proyección, pues es lo que ocurre siempre que la consciencia se topa con un contenido que le es completamente desconocido.

Un ejemplo de esto lo hallamos en el ámbito de la investigación de los trastornos de la personalidad, y en especial de la psicopatía. La consciencia colectiva (la sociedad) apenas tiene idea de la realidad a la que nos referimos los profesionales cuando hablamos de psicopatía. Incluso nos resulta muy difícil trasladar a un colega psicólogo o a un psiquiatra que no haya tenido un mínimo de experiencia con el mal personificado en un psicópata, los rasgos que lo caracterizan. Los malentendidos y las proyecciones están siempre presentes, como en una especie de juego de espejos, en el seno del cual el profesional mismo a veces corre el riesgo de ser confundido con el mal que intenta ayudar a identificar. 

Continuaremos en próximos artículos hablando del mito de Mani y su relación con algunas experiencias convocadas por la profundidad. 

Para leer la séptima parte de este artículo pincha aquí.


 Bibliografía


González, J. (2004). El retorno al Paraíso Perdido. La renovación de una cultura. Editorial Sotabur. 

González, J. (2020). Cómo integrar tu sombra. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. ( 2020). INICIACIÓN. El estertor del patriarcado. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. (2020). La hermandad de los iniciados. Ed. El hacedor de lluvia.

Jung, C. G. (2002) Mysterium Coniunctionis. Ed. Trotta. Vol. 14.

lunes, 1 de marzo de 2021

PSICOTERAPIA DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA. PROCESO DE INDIVIDUACIÓN.

 

PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA. PARTE 3.

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.



Proseguimos nuestro extenso artículo sobre el proceso psicoterapéutico de orientación junguiana escrito para Psicología junguiana. En esta ocasión vamos a hablar del proceso de individuación, y continuaremos describiendo algunas de las experiencias numinosas convocadas por el arquetipo del sí mismo durante dicho proceso.


El proceso de individuación



Todas las experiencias vitales que vive nuestra consciencia a lo largo de la existencia están convocadas por la profundidad. Dichas experiencias son percibidas por nuestra consciencia como provenientes de la realidad objetiva. Por ese motivo resulta inevitable la proyección, dado que es el modo en que la consciencia puede conocer su trasfondo arquetípico. Ahora bien, nuestra consciencia no puede retirar las proyecciones, es decir, no puede liberarse de la heimarmene o de la ilusión creada por maya (anima/animus), si antes no experimenta hasta sus últimas consecuencias el trasfondo arquetípico. Esto se asemeja mucho a la descripción que hace Platón en el mito de la caverna. Dicho trasfondo es proyectado en la realidad exterior, en el mundo circundante, a través de las diversas personas, circunstancias, acontecimientos o sucesos que nos ocurren. Esto es en esencia la individuación: un hacerse consciente del trasfondo arquetípico de la existencia.

Ahora bien, este proceso puede ser comprendido como un camino convocado por el sí mismo, que recorren solo unos pocos individuos -aquellos llamados por el sí mismo-. Dichos individuos, a medida que van avanzando en la retirada de las proyecciones/ilusiones creadas por esos arquetipos denominados anima en el varón y animus en la mujer, van haciéndose conscientes de la procedencia transpersonal de sus experiencias vitales y, last but not least, de su más íntimo destino.

El huérfano y la viuda.

Una de las experiencias vitales que la consciencia ha de vivir durante el proceso de individuación viene simbolizada en la alquimia por la imagen del lapis como huérfano. Huérfano es uno de los sinónimos con los que se conoce a la piedra de los filósofos, es decir, al sí mismo proyectado en la materia. Jung cinceló en una de las caras de su piedra, en la Torre que construyó en Bollingen, una inscripción alquímica de Arnaldo de Vilanova que dice así:

“Soy huérfano, estoy solo; sin embargo, se me encuentra en todas partes. Soy una unidad pero contrapuesto a mí mismo. Soy joven y anciano a la vez. No he conocido padre ni madre, porque se me tuvo que extraer de las profundidades como a un pez. O porque caí del cielo como una piedra blanca. Voy vagando por bosques y montañas, pero estoy oculto en lo más íntimo del hombre. Soy mortal como todos, sin embargo, no me afecta el curso de los tiempos.”

La experiencia de la orfandad, que es percibida ya en la niñez por muchos de mis pacientes intuitivos, se refiere a que la vivencia del sí mismo ocurre cuando se pierden todos los asideros, el soporte de las figuras paternas desaparece y la consciencia se siente huérfana, desterrada o abandonada, precisamente porque desaparece toda fuente de seguridad exterior. Solo así puede experimentarse la fuente que proporciona seguridad a la existencia. Por lo tanto, dicha experiencia, mediante la cual la conciencia siente que ha sido despojada de todo cuanto le proporciona seguridad exterior, es imprescindible para descubrir el sólido soporte de la piedra. Resulta cuanto menos significativo que, en plena época de pandemia, se haya constelado precisamente el arquetipo que sustenta esta experiencia (o sea, el sí mismo) lo que permite comprender el motivo por el cual una canción sudafricana, cantada en una lengua desconocida por occidente como es la zulú, se haya convertido en un auténtico éxito viral. Me estoy refiriendo a la canción Jerusalema, cantada por la cantante Nomcebo y el artista Master KG.

Otra experiencia, muy relacionada con esta, viene expresada en el término alquímico del “hijo de la viuda” referida a la piedra filosofal. Parece que el término tiene su origen en el maniqueísmo puesto que a los maniqueos se los llamaba “hijos de la viuda”. También se les conoce así a los masones y a Malkut, en la Cábala, se la conoce como “viuda”. Estas designaciones aluden a que la piedra no tiene padre. El término viuda proviene del latín videre que significa en castellano “separarse”. Por lo tanto, es imprescindible separarse de aquello a lo que permanecemos unidos en identidad inconsciente, aquello que nos hace estar ligados y, por ende, que nos mantiene en un estado de dependencia y de falta de libertad, si es que queremos ser conscientes del trasfondo arquetípico, de la realidad detrás de la proyección.

Además de esta experiencia de retirada de proyecciones/desilusión, la viuda se refiere a la madre, esto es, al origen de la vida; en lo que atañe a la consciencia su origen es lo inconsciente. Que el hijo no tenga padre representa, desde un punto de vista simbólico, que la consciencia ha de estar completamente desprendida de las ideas que conforman el saber colectivo (el padre). La consciencia no puede acceder a la profundidad si están presentes en el hijo (la consciencia), en alguna medida, las ideas colectivas. Pues la consciencia se mantendría unida a las ideas superiores, al padre, lo que le impediría toda conexión incestuosa con lo inconsciente. 

Los psicólogos de orientación junguiana, así como las personas que realizan un proceso de individuación, tratamos con las regiones oscuras, ctónicas o subterráneas de lo inconsciente. Esto contrasta con las ideas que provienen de una consciencia luminosa, ligada al padre, que se adquiere cuando se abraza una religión o un sistema filosófico altamente diferenciado. Esta sabiduría proviene de lo alto, de ideas abstractas y “elevadas”, a diferencia de la consciencia del “hijo de la viuda” que es incestuosa porque tiene oscuras relaciones con la madre (lo inconsciente). De ahí que, para una consciencia colectiva resulte cuanto menos sospechosa, cuando no directamente escandalosa.

Con esta última afirmación me estoy refiriendo a dos modos de relación con la realidad numinosa que, por ser opuestos, muchas veces provocan en quienes los experimentan profundos malentendidos, cuando no directamente enemistades insalvables. Esto forma parte en todo caso del juego de opuestos y de cómo cada parte tiende a identificarse con un opuesto,  rechazando a su contrario. Pero lo cierto es que, para una mentalidad que honra al Padre, y por lo tanto, a todas aquellas ideas metafísicas, filosóficas o religiosas que proceden de una religión establecida, de un sistema filosófico/científico o, incluso, de una ideología laica ese es el modo adecuado para ellos de experimentar el trasfondo arquetípico/numinoso. Estás personas pueden ser llamadas "hijos del padre" y su camino es una vía seca.

Por el contrario, para quienes el padre ha muerto y son, por tanto, "hijos de la viuda", el camino hacia la obtención del lapis proviene de la relación directa con la profundidad de lo inconsciente, con la madre, y para ellos el trasfondo arquetípico es experimentado mediante las imágenes arquetípicas que, por cierto, están en el origen de las diversas religiones, sistemas filosóficos e ideologías laicas. Estas personas pueden ser llamadas "prístinos hijos de la madre". Y su camino es una vía húmeda.

  Iglesia Espiritual

Otra experiencia que tiene una base arquetípica es aquella que viene representada por la Iglesia Espiritual. A diferencia de las Iglesias colectivas y exteriores, esta idea de la Iglesia Espiritual alude a la unión fraternal de todas aquellas personas que han tenido la profunda experiencia del sí mismo. Sobre esta experiencia dice un texto alquímico lo siguiente: “Espíritu es Dios y quienes Le adoran han de hacerlo en el espíritu y en la verdad”.  La vivencia individual de la profundidad hace que todas aquellas personas que se han visto convocadas desde el sí mismo (el espíritu de Mercurio) a experimentar un proceso de individuación se encuentren unidas a través de un vínculo espiritual, que trasciende todas las barreras materiales. No es una congregación de corderos alrededor de un pastor, sino una unión de seres humanos que se han separado del rebaño para convertirse en individuos.  

Para ir a la quinta parte de este artículo pincha aquí

Bibliografía:

González, J. (2020). INICIACIÓN. El estertor del patriarcado. Ed. El hacedor de lluvia. 

González, J. (2020). La hermandad de los iniciados. Ed. El hacedor de lluvia. 

Jung, C. G. (2002) Mysterium Coniunctionis. Ed. Trotta. Vol. 14.

martes, 23 de febrero de 2021

PSICOTERAPIA DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA. CURA DEL ALMA.


PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA. PARTE 2.

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.



En la segunda parte de este extenso artículo escrito para Psicología junguiana  decíamos que el encuentro del yo con lo inconsciente resulta penoso para la consciencia. Los pacientes experimentan que su mundo, todo por cuanto han luchado y por lo que se han sacrificado, comienza a tambalearse; incluso empiezan a sentir que ya no tiene sentido, o que no les motiva continuar sosteniendo lo que hasta ese momento les hacía sentirse vivos.

La Herida

La alquimia representa la experiencia del yo en sus primeros contactos con lo inconsciente mediante el símbolo de la herida. En efecto, el yo se siente herido en el encuentro con lo inconsciente, siendo el primero de ellos el más terrible. Esto ocurre siempre que la psicoterapia conduce a una cierta profundidad y, allende los contenidos de la sombra, comienzan a aparecer en los sueños motivos de carácter arquetípico. Es importante comprender que se trata de una experiencia inevitable, y no un fenómeno anómalo que deba tratarse con psicofármacos, por ejemplo.

Esa experiencia de la consciencia ha sido simbolizada mediante diversas representaciones: Ra herido en el pie por la serpiente que Isis le pone en su camino; el lobo engullendo al Rey; el mordisco del perro enloquecido; cupido hiriendo con sus flechas los corazones de sus víctimas, etc. Todos estos motivos aluden al símbolo de la mortificación, de los padecimientos del alma, también presentes en la Noche Oscura de Juan de la Cruz.

La coniuntio o el arquetipo del incesto

Además de esta experiencia de la herida, hay otras experiencias que la consciencia experimenta en sus primeros encuentros con lo inconsciente. Una de ellas es el sentimiento de culpa. La relación de la consciencia con lo inconsciente es simbolizada en la alquimia mediante el símbolo de la coniunctio o del hierosgamos, es decir, de la conjunción de los opuestos. Este símbolo central se relaciona con el arquetipo del incesto, tan caro al psicoanálisis. Freud comprendió y explicó el incesto desde un punto de vista concreto y personal. Y se refirió al tabú del incesto también desde un punto de vista personalista, siendo el padre el responsable de instaurar la prohibición del incesto. Sin embargo, además de este punto de vista, el incesto puede comprenderse como un símbolo arquetípico, y por tanto alude a la experiencia de un retorno a la fuente o al origen (la Madre) de la consciencia, es decir, lo inconsciente. El título de mi primer libro, El retorno al Paraíso Perdido. La renovación de una cultura, se refiere a esa experiencia.

En sueños suele representarse mediante un retorno a la infancia, y pueden surgir símbolos como el árbol (la Madre), el jardín en el centro de una estructura circular o la fuente. A través del tabú del incesto se prohíbe la unión del yo con lo inconsciente, dado que en el proceso evolutivo la consciencia tiene que hacer un tremendo esfuerzo por separarse de la Madre-Origen-Infancia-Inconsciente para conseguir una posición de madurez y responsabilidad, separada del grupo familiar. Un ejemplo de este proceso, y de la prohibición del incesto, lo podemos ver en la saga El Padrino. Y el final del patriarcado, como etapa psíquico-espiritual dominada por el arquetipo del padre y, por lo tanto, con el fortalecimiento de la consciencia desde un punto de vista colectivo-nacional, lo vemos en España durante el franquismo, y, en especial, en su transición a la democracia con el golpe de estado del 23F de 1981.

Solo se produce una pérdida de esta situación tan duramente ganada cuando un hecho vital provoca una introversión profunda. Un ejemplo de tabú del incesto lo hallamos en el Decálogo del Antiguo Testamento, concretamente en el Segundo Mandamiento en donde se prohíben expresamente las imágenes. Estas aparecen precisamente en el encuentro con lo inconsciente y abren las puertas a la profundidad. Que esto ocurra, que exista una prohibición expresa al retorno al origen, significa que el acceso de la consciencia a la profundidad no es adecuado, ni apropiado, sino solo para unos pocos “transgresores de la ley”. De ahí el sentimiento de culpa que surge como consecuencia de la ruptura del tabú. En la mayoría de los casos las explicaciones personalistas, reductivas y concretas, que honran el tabú del incesto, son las adecuadas.

Un yo inmaduro podría sufrir todo tipo de desgracias si tuviera acceso a lo inconsciente, como por ejemplo un brote psicótico, una esquizofrenia u otro trastorno mental grave. Recuerdo un sueño de un paciente de veinte seis años en el que se expresaba este peligro: en la escena aparecía el soñador queriendo mantener relaciones sexuales con una mujer desconocida (lo inconsciente, la Madre), por la que se sentía muy atraído, pero que no llegó a consumarlas porque se dio cuenta de que su falo era demasiado pequeño (yo inmaduro). A otro paciente le ocurrió que, a la edad de veinte años, quiso experimentar con marihuana y sufrió un brote psicótico.

Para ir a la cuarta parte de este artículo pincha aquí


Bibliografía

González, J. (2004). El retorno al Paraíso Perdido. La renovación de una cultura. Editorial Sotabur. 

González, J. (2020). Cómo integrar tu sombra. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. ( 2020). INICIACIÓN. El estertor del patriarcado. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. (2020). La hermandad de los iniciados. Ed. El hacedor de lluvia.

Jung, C. G. (2002) Mysterium Coniunctionis. Ed. Trotta. Vol. 14.


sábado, 13 de febrero de 2021

PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA

PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA. PARTE 1.

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.




Proseguimos en este artículo, escrito para Psicología junguiana, hablando de algunos de los básicos de la psicoterapia de orientación junguiana. Decíamos en nuestro anterior artículo que cualquier intervención terapéutica de cierta profundidad conduce al paciente a la confrontación con la parte oscura de su personalidad, es decir, con aquella parte de la personalidad desconocida y desagradable para la consciencia racional del paciente. Esta es una etapa del proceso terapéutico de especial importancia y el conflicto que experimenta el paciente es tan inevitable, como penoso. El paciente muchas veces me formula la pregunta de qué hacer, y tiende a proyectar sobre mí la propia responsabilidad, pensando ingenuamente que con mis conocimientos psicológicos puedo realizar un acto apotropaico que haga desaparecer el conflicto y el sufrimiento que el proceso comporta. Pero lo cierto es que no puedo hacer nada. Por supuesto mi actitud no es enteramente pasiva, puesto que me esfuerzo en hacer comprensibles los contenidos que lo inconsciente produce a la turbada consciencia del paciente; por ejemplo, mediante la interpretación de sueños e imágenes fantásticas (experiencias visionarias). El paciente, por su parte, tiene que hacer lo que esté en su mano para aterrizar lo que penosamente va comprendiendo, al principio solo intelectualmente, así como para evitar que el impulso negativo que emerge desde lo inconsciente se apodere de su consciencia.

Alquimista meditando en el estado de nigredo.
De H. Jamsthaler, Viatorium spagyricum,
Fráncfort,1625, p. 27.


Esta primera etapa del proceso terapéutico, el denominado encuentro con la sombra, se corresponde con la etapa del opus alquímico denominada nigredo. De ella dicen los alquimistas que experimentan graves dificultades y tristezas, comparables a las expresadas por Juan de la Cruz en su noche oscura del alma, y que se corresponden con las graves aflicciones del alma que se experimentan durante este período crítico. De ahí que un alquimista como Michael Maier diga sobre esta etapa que “en la química hay cierto cuerpo noble (lapis) al comienzo del cual reinan la miseria y la amargura, pero en cuyo fin reinan la delectación y la alegría; supuse, pues, que esto también habría de ocurrirme a mí, es decir, que al principio encontraría dificultades, tristeza y disgustos, pero que al fin me sería dado ver las cosas más alegres y más ligeras”, conduciéndole a “meditar en los bienes celestiales”  arrojando de él “todos esos cuidados sin importancia, como comer y vestirse, y es como si hubiera vuelto a nacer”.

En el siguiente fragmento un maestro alquimista llamado Morieno introduce en el arte a un discípulo (Calid) del siguiente modo:

“A decir verdad, esta cosa que buscaste durante tanto tiempo no puede obtenerse por violencia o pasión. Se obtiene únicamente en virtud de paciencia, humildad y un amor decidido y perfecto. Pues Dios concede esta ciencia divina y pura a los que creen en Él y lo sirven, es decir, a aquellos a los que Él decidió concedérsela desde la naturaleza original de las cosas… Y ellos -los elegidos por Dios- no eran capaces de retener nada si no era por la fuerza que Dios les concedía, ni tampoco dirigir la mente por sí mismos, si no era hacia la meta que Dios les había impuesto. A decir verdad, Dios encarga a aquellas personas que Él mismo escogió deliberadamente que investiguen esta ciencia divina, oculta a los hombres, y que conserven en sí lo investigado. Esta es, en efecto, la ciencia que aleja a su señor -o sea, al que la ejerce- de la miseria del mundo y lo conduce al conocimiento de los bienes futuros.

                Cuando el rey preguntó a Morieno por qué prefería vivir en montes y desiertos antes que en monasterios, este le respondió: No dudo de que en los conventos y comunidades he de encontrar mayor paz, y en los desiertos y en las montañas, fatigoso trabajo; pero nadie cosecha lo que no siembra… El acceso a la paz es extremadamente estrecho y nadie puede entrar en ella si no es por el sufrimiento del alma.”

Los alquimistas coinciden en general en que la realización de su obra solo es posible con la ayuda de Dios (Deo concedente), que es Él mismo (Dios) quien los introduce en semejante proceso, para el que han de padecer terribles tormentos, sufrimientos del alma. Desde un punto de vista psicológico se produce primero una desorientación de la consciencia, una oscuridad por falta de comprensión; posteriormente, tiene lugar una reorientación que, en parte, consiste en la visión y la escucha de la ley interna, de la naturaleza interior o de la propia profundidad. Tal cambio de actitud es simbolizado mediante una muerte y un renacimiento.

Así pues, durante la etapa de nigredo, de confrontación con la parte oscura de la personalidad que denominamos sombra (inconsciente personal), tanto el paciente, como yo mismo, debemos esperar paciente y penosamente, con cierta confianza en Dios (en lo inconsciente o en el proceso interno) hasta que del conflicto que el paciente soporta con valentía surja una solución desde la profundidad, que yo no puedo prever, y que está destinada únicamente a la persona sometida al tratamiento. Con el encuentro con el mal (entiendo por mal todo aquello que dificulte, impida, desvíe, se oponga o destruya la realización de la personalidad total), el paciente ha de aceptar al pecador que hay en él; experimentará que el amor nos mejora, mientras que el odio y la culpa nos empeora, aunque seamos la misma persona.

Para ir a la tercera parte pincha aquí

Bibliografía:

Jung, C. G. (2005). Psicología y Alquimia. O.C. Vol 12. Ed.  Trotta.

domingo, 31 de enero de 2021

¿ES LA PSICOTERAPIA UN MÉTODO PARA LA CURA DEL ALMA?


¿ES LA PSICOTERAPIA UN MÉTODO PARA LA CURA DEL ALMA?

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.



En este artículo que hoy escribo para psicología junguiana me voy a referir a algunos temas básicos referentes a la psicoterapia. Para ello me pregunto si la psicoterapia es un método que busca la cura del alma, y qué es lo que en la práctica encontramos cuando la abordamos desde una orientación junguiana que por definición es también transpersonal. Este último término se utiliza en el ámbito de la psicología para referirse a la gnosis.

En el proceso de psicoterapia resulta casi inevitable tener que abordar el trabajo con el paciente, al menos en los primeros momentos, de un modo personalista. Para empezar, la consciencia de los pacientes es aún demasiado estrecha como para comprender que las personas  significativas en su vida son las perchas en las que se proyectan los contenidos de lo inconsciente. Es decir que, en un primer momento, el paciente cree que los conflictos que padece tienen su origen en las relaciones que mantiene o que mantuvo con sus seres queridos. Su familia, sus amigos, y el resto de personas significativas representan la totalidad de su psique, en cuanto que los componentes de esta son proyectados en dichas personas significativas y personificados por estas. Sin embargo este estado psíquico es peligroso en el paciente adulto, puesto que se trata de un estado regresivo. Debo, no obstante, hacer aquí una precisión. No cabe duda de que en algunas circunstancias, como por ejemplo en los casos de personas significativas con trastornos graves de la personalidad, como es el caso de los psicópatas cotidianos, adaptados o subclínicos, el daño que pueden producir en la personalidad del paciente no ha de subestimarse. Sin embargo, en ese estado original o infantil, las partes de la personalidad que han sido integradas fatigosamente durante la vida del paciente, vuelven a proyectarse en lo exterior, salvo en los casos de infantilismo patológicos en los que a duras penas fueron integradas. Corre por tanto el peligro de perder el sentido de su propia responsabilidad y con ello se instaura una especie de estado de inocencia, de modo que todo lo malo se encuentra en el padre o lo defectuoso en la madre, que por supuesto siempre tienen la culpa de todo lo que les ocurre. Toda imperfección en los padres, abuelos, hijos, hermanos, parejas o cualesquiera personas significativas para el paciente es proyectada y, por ende, son ellos los que tienen la culpa de lo que les ocurre. Así permanece atado al pasado, y no advierte que con ello pierde su libertad para decidir qué hacer con su vida. Por el contrario, todo hombre adulto sabe, o debería saber, que cualquier conflicto, problema, imperfección, o acto malévolo, es también un elemento propio que es preciso tener muy en cuenta. Así, una personalidad madura mira a su propia profundidad y se pregunta por su destino, haciéndose responsable de su “sí mismo”.

A medida que el proceso terapéutico avanza, el paciente comienza a enfrentarse con su sombra, esa parte de su personalidad de la cual tiende a  desembarazarse en virtud de la proyección:  Bien, descargándola en alguna persona significativa que pueda cargar con el peso de los pecados, que en el fondo todos poseemos; bien, mediante la acción de un redentor que se convertirá en chivo expiatorio de su propia infamia. Sin embargo, como bien sabemos, no puede haber arrepentimiento sin pecado, y sin arrepentimiento no hay gracia redentora. A la persona común, y al cristiano colectivo, no se le ocurre que precisamente en el encuentro con el mal puede haber un propósito divino, que en última instancia pueda provocar una Redención. El mal exige en psicoterapia que se lo tenga tan en cuenta como el bien, pues no existe en el fondo ningún bien del que no pueda surgir un mal, ni ningún mal del que no pueda surgir un bien. Uno podría preguntarse cómo es posible que de la acción de un psicópata pueda surgir bien alguno, dado que por definición la psicopatía comporta la ejecución del mal, por el mal mismo. Sin embargo, hay casos, que he tenido oportunidad de observar en la consulta, en los que la acción malvada de un psicópata ha provocado importantes transformaciones en las personas que han sufrido su actuación.

Para aquel que sabe, la justa acción del injusto, y la injusta acción del justo no le provocarán perplejidad, y menos aún lo deslumbrarán. Ahora bien, además de las dificultades morales, hay un peligro mayor si cabe cuando el paciente enfrenta los contenidos de la sombra: dichos contenidos están vinculados con los arquetipos del inconsciente colectivo, por lo que al adquirirse conciencia de la sombra se toca la capa profunda del alma. Es entonces cuando se hace absolutamente indispensable facilitar a la consciencia un contexto que favorezca la comprensión de los contenidos de la psique colectiva: la comparación de dichos contenidos con materiales mitológicos.

Al principio, el contenido de los sueños es caótico e imprevisible y apenas permite comprender que existe una meta u objetivo hacia el que apuntan. Sin embargo, a medida que avanzamos en la comprensión de los contenidos de los sueños, estos empiezan a asumir formas determinadas que señalan hacia un centro. Lo cierto es que esta disposición centrada ya aparece en los primeros sueños a través de imágenes circulares, que nos muestran cómo el proceso sigue un curso de desarrollo cíclico o espiralado. Así, el proceso de individuación, es decir, de hacerse consciente de sí mismo, sigue un curso de acción en el que el yo consciente va girando alrededor de un centro que lo contiene y que actúa a la manera de un atractor de contenidos y experiencias.

Algunos pacientes, por otro lado perfectamente adaptados a la cultura y a la sociedad de su tiempo, se percatan de la necesidad que tienen de estar a solas consigo mismos. Muchas veces se dan cuenta de que son vistos por las personas corrientes como gente extraña, poco sociable, algo raras y extravagantes, en una cultura cuyos valores son básicamente extravertidos. El hombre occidental está hechizado por los objetos de este mundo y no tiene apenas consciencia de las raíces de su árbol. Por eso, para una actitud que carga el acento en el mundo exterior, en los objetos, al hombre interior se le ha despojado de contenido y con ello el alma ha quedado vacía. Motivo por el cuál la psicología académica occidental se parece más a una ingeniería comportamental que a una ciencia del alma. El hombre occidental ha perdido su relación con el alma y por ello no sabe cómo abordar su cura.

A estos pacientes que han tomado la determinación de hacerse cargo de su propia Cruz, porque les ha ocurrido un acontecimiento extraordinario, una actitud excepcional en una cultura dominada por una psicología infantil, he de recordarles que la soledad es la marca de aquel que está realizando una peregrinación por el alma. Les recordaré que los buscadores son solitarios por excelencia, y les citaré lo que algunos alquimistas, como Khunrath, dicen respecto de su modo de comportarse: “Y así también en el laboratorio procede solo y por ti mismo, sin colaboradores o ayudantes, no sea que Dios, el solicito, a causa de tus ayudantes a quienes no quiere conceder el arte, te sustraiga a ti mismo de ella (la piedra)”.

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viernes, 15 de enero de 2021

Lanzamiento de la Serie novelada LA RENOVACIÓN DEL SÍMBOLO de José González

Después de una ausencia de varios meses he decidido retomar la pluma para escribir este ensayo para Psicología junguiana. Lo hago para informar a mis lectores de una serie de modificaciones en los títulos de varios de mis libros, así como para contextualizarlos de cara a la comprensión adecuada de su contenido.

La novela Al final del túnel. Una historia sobre el despertar del alma ha pasado a denominarse INICIACIÓN. El estertor del patriarcado. El contenido de la obra es el mismo, salvo algunas correcciones menores, y el lector encontrará en ella una síntesis novelada de un proceso al que los psicólogos de orientación junguiana denominamos individuación. Por individuación entendemos un camino que conduce hasta una estrecha puerta que da acceso a un mundo desconocido para la consciencia: el mundo del alma.

La prueba de fuego que describe la primera parte de esta novela es el encuentro con uno mismo, con la propia sombra, lo que constituye una de las situaciones más desagradables que puedan existir; de ahí que la inmensa mayoría de las personas lo evita mientras le sea posible proyectar todo lo negativo en el entorno. Solo cuando esto se hace imposible, y la persona, tal como vemos que le ocurre al protagonista de la novela INICIACIÓN, enfrenta problemas que no puede solucionar con sus propios medios, entonces puede que preste atención a los sueños que se presentan en tales circunstancias, o bien, reflexione sobre ciertos acontecimientos que le están ocurriendo precisamente en esos momentos.

El encuentro con uno mismo supone atravesar una puerta, o un angosto túnel, que da acceso a un pozo muy profundo. La consciencia del hombre muere por unos instantes a la realidad exterior, desaparece en esa hondura, pero a cambio descubre una región de ilimitada extensión: lo inconsciente colectivo o el mundo del alma. De esa región aparentemente inhóspita le salen al encuentro al hombre aquellas fuerzas que le permiten orientarse en medio del caos y la incertidumbre en el que se encuentra sumida su consciencia. A dichas fuerzas interiores la psicología junguiana las denomina arquetipos. En el mundo antiguo los denominaban dioses.

Estas fuerzas adormecidas en la naturaleza profunda del hombre son las hacedoras de lo que ocurre, no solo en lo más íntimo del hombre, sino también en la realidad objetiva: de los delirios fantasmagóricos propios de las ideologías, de las revueltas políticas y sociales, y hasta de los extraños e inusuales fenómenos de la naturaleza que amenazan la vida del hombre.

INICIACIÓN. El estertor del patriarcado describe una experiencia que han vivido algunas personas, gracias a la cual han llegado a comprender que el auténtico tesoro no es que le toque el premio gordo de la lotería, sino que descansa en lo profundo del océano de su interioridad y por ello se esfuerzan por descubrirlo y sacarlo a la luz. Se convertirán en pescadores que pescan con caña, con red, con arpón y, algunos quizá, se vean en la tesitura de hacer pesca submarina siguiendo a algunos seres que se mueven en las profundidades. Con toda probabilidad habrá necias ilustradas, puros necios y estúpidos de todo tipo que no comprendan lo que hacen los pescadores. Sin embargo, no por ello quienes tienen por vocación ser pescadores van a dudar del sentido de su profesión, pues su oficio es mucho más antiguo que el de cualquier ilustrado moderno.

Cuando el pescador mira en el espejo del océano lo primero que ve es su propio rostro (mito de Narciso). Pero, cuando logra penetrar lo suficiente, verá que el mar está plagado de seres vivos (trascendencia del mito de Narciso). Al principio puede que solo vea peces, algunos tendrán colores vivos, otros serán, en cambio, fantasmagóricos; y otros realmente peligrosos. Sin embargo, la cosa no termina aquí (descubrimiento del misterio que habita en la profundidad del hombre). El pescador puede que pesque otro tipo de seres que habitan en las zonas abisales: ninfas, sirenas u otros seres fabulosos semejantes a los avatares que aparecen en la película de James Cameron o en el mundo submarino de la Saga de Star Wars. Algunos de estos seres parecen extraterrestres, y de hecho lo son, auxiliando al pescador submarino u orientándolo como harían un delfín o una ballena. Pero hay seres extraños, humanoides, que resultan realmente peligrosos y que pueden desorientarlo. El pescador puede ser arrastrado por el poder de esos seres que pueblan las zonas abisales a vivir aventuras vetadas a la mayoría de las personas. A una de esas criaturas abisales, polimórfica y polifacética, la psicología junguiana la denomina anima, pues se personifica en los sueños bajo una forma femenina. Otra, en cambio, tiene forma masculina y habita en el océano de la mujer, por lo que la denominamos animus.

En la novela INICIACIÓN, el anima aparece ya en los primeros capítulos y se la describe como una mujer anciana y joven al mismo tiempo. Pues el anima habita en la profundidad de los hombres desde tiempos inmemoriales. El anima es un factor causante de proyecciones en la psique del varón. Es la actriz por detrás de la escena de amor entre un hombre y una mujer. Es la causante de los cambiantes estados de ánimo en el hombre, de su susceptibilidad y vanidad, de sus juicios envenenados, etc.; y es el factor que provoca que un hombre quede cautivado y fascinado por una mujer que no le conviene. El anima es, al mismo tiempo, la señora del alma, por lo que es la musa del artista, la que susurra al oído la idea feliz que el científico necesita para elaborar una teoría, para describir la estructura y el funcionamiento de una molécula o para organizar la tabla periódica de los elementos.

El animus es el factor causante de proyecciones en la mujer. Es el actor por detrás de la escena de amor entre una mujer y un hombre. El animus se corresponde con el logos del padre (consciencia colectiva o espíritu de la época) de una mujer, pues es este el primero en el que se deposita la proyección. Este factor suscita en la mujer malentendidos e interpretaciones erradas porque, lejos de lo que la mujer piensa, sus reflexiones están basadas en opiniones apriorísticas que tienen la pretensión de verdades absolutas. El animus tiene preferencia por discutir, y es en las discusiones en las que la mujer pretende llevar siempre la razón donde con más facilidad se le ve actuar. Se manifiesta en formas de comprender, en interpretaciones, opiniones e insinuaciones totalmente erróneas cuyo resultado es la obstrucción o la imposibilidad de relación entre dos seres humanos. Para colmo cuenta, en no pocas ocasiones, con el apoyo de familiares y amigos, en donde el animus retroalimenta sus erróneas interpretaciones, abundando en los malentendidos. Cuando el animus actúa en la mujer se apodera de la consciencia de esta hasta tal extremo que resulta imposible influir en sus opiniones e interpretaciones por erradas que sean. Cuanto más obcecada sea su pretensión de tener razón tanto más aumenta su sentimiento de inferioridad, lo que imposibilita el reconocimiento de la realidad del otro, sin el cual no hay relación posible.

En la novela INICIACIÓN. El estertor del patriarcado encontrará el lector, también, cómo se personifica la imagen de dios en el alma del protagonista, en una época post-cristiana, como lo es la nuestra, y cómo el patriarcado, que es la era espiritual que dio comienzo hace unos cinco mil años y que ha regido y vehiculado los valores cristianos en la cultura occidental durante más de dos milenios, está llegando a su fin. Una era que se ha caracterizado por la separación de los principios opuestos de la imagen de dios, de los principios masculino y femenino, yang y yin. La nueva era, la era de Acuario, que según algunos investigadores dio comienzo en el año 1997, mientras que para otros aún no ha empezado y nos hallamos en un período transicional entre la era de los peces y la incipiente era del aguador, parece que favorecerá la unidad de los contrarios que han estado en conflicto durante la era de piscis ♓ (cristianismo).

Esta última temática, que es con la que finaliza la novela INICIACIÓN, se retoma y desarrolla en la segunda parte de la novela cuyo título es La hermandad de los iniciados. Ambas novelas forman parte de una única serie titulada La renovación del símbolo. El lector podrá comprobar en ambas novelas que se ha producido un cambio en el nombre artístico del autor.