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jueves, 8 de octubre de 2026

TANATOPOLÍTICA Y OPORTUNISMO NARRATIVO: LA INSTRUMENTALIZACIÓN DEL LITIGIO Y LA MUERTE EN LA PSICOLOGÍA DEL PODER




​Hay sucesos que trascienden la crónica urbana para convertirse, de forma instantánea y brutal, en manifestaciones explícitas de las dinámicas de dominación. El caso de María del Carmen Abascal en Madrid ofrece un escenario de estudio sobre cómo la psicología del poder opera no solo sobre el desenlace fatal de una persona, sino sobre la totalidad del conflicto legal y social que precedió a su muerte.

​Para situar al lector alejado de la coyuntura española: Maricarmen, una mujer de 87 años con movilidad reducida que habitaba desde hacía siete décadas en el barrio madrileño de Retiro, fue desalojada de su vivienda tras un prolongado litigio inmobiliario. La controversia jurídica giraba en torno a la prórroga de un contrato de Renta Antigua y el uso de rendijas legales para mantener el inmueble frente a la propiedad, un trasfondo habitual en los conflictos de alquiler urbanos. Durante el dispositivo policial de desalojo, debió ser evacuada en camilla debido a su delicado estado de salud, falleciendo días después en el hospital. La noticia no tardó en inflamar el debate público: tanto durante la resistencia al desahucio como tras el fallecimiento, la figura de Maricarmen fue utilizada de forma recurrente por colectivos de vivienda y por la cúpula del Ejecutivo nacional, encabezada por Pedro Sánchez, para alimentar una narrativa política que amplios sectores han calificado de manipulación interesada.

​Más allá del juicio partidista, el fenómeno invita a un análisis profundo desde la psicología analítica de Carl Gustav Jung y las teorías contemporáneas de la dominación: la instrumentalización biopolítica no empieza con el cadáver, sino que explota cada fase del conflicto.

​La instrumentalización del litigio: El uso del conflicto en vida

​A diferencia de los miles de desalojos que ocurren diariamente en el anonimato burocrático, ciertos casos son seleccionados por el aparato de comunicación de poder para ser elevados a la categoría de símbolo. La psicología del narcisismo político no requiere que la causa sea jurídicamente impoluta; de hecho, la presencia de zonas grises en el litigio —como el uso de la picaresca o la prolongación del uso de la vivienda al límite de la norma— resulta funcional para la narrativa.

​Para la élite política y los movimientos de agitación, la situación de Maricarmen en vida ya constituía un activo narrativo. La complejidad legal o las contradicciones del caso se eclipsan deliberadamente para proyectar una dicotomía simplista: la víctima vulnerable frente al sistema hostil. La persona real y sus circunstancias jurídicas son cosificadas desde el primer momento; no se busca resolver la vulnerabilidad de manera estructural, sino utilizar la resistencia al desahucio como un escenario de confrontación ideológica.

​De la biopolítica a la necroeficacia: El rendimiento del desenlace

​Si el conflicto en vida sirvió como herramienta de agitación, el fallecimiento posterior cierra el círculo de la explotación política. Aquí opera el principio de la necroeficacia: la transformación del trágico desenlace en el argumento definitivo para neutralizar el debate racional.

​En la psicología del poder, la muerte de la anciana tras la tensión del desalojo se convierte en el catalizador perfecto. La élite gobernante que adopta posturas de condolencia o indignación pública realiza un ejercicio de disociación psíquica: utiliza el impacto emocional del fallecimiento para justificar la necesidad de reformas legislativas, decretos de urgencia o intervención en el mercado, presentando como solución estatal lo que en realidad es la capitalización de una tragedia que el propio marco institucional no evitó.

​La Sombra colectiva y la captura de la indignación

​Jung advirtió sobre los peligros del contagio psíquico en las masas cuando la emoción eclipsa la capacidad crítica. En esta coyuntura, la figura de Maricarmen ha sido forzada a encarnar el arquetipo del Chivo Expiatorio.

​La masa, hiperreactiva ante el sufrimiento y la muerte, es inducida a proyectar su Sombra (la rabia, la culpa colectiva o el deseo de justicia) hacia enemigos políticos convenientemente señalados por el poder (el estamento judicial, los propietarios o las administraciones rivales). La empatía de diseño desplegada por los actores políticos no busca el análisis ponderado del problema de la vivienda ni de los abusos en el sistema de alquileres; busca consolidar la figura del Gobernante Salvador mediante la saturación emocional del electorado.

La disociación biopolítica: El cinismo de la doble agenda

Existe, sin embargo, una grieta aún más honda en este teatro del poder: la distancia insalvable entre el discurso incendiario proyectado hacia las masas y la praxis financiera del propio Estado. Mientras la retórica gubernamental señala públicamente a las grandes corporaciones inmobiliarias y a los fondos de inversión como los "enemigos del pueblo" contra los que hay que proteger a personas como Maricarmen, el mismo Ejecutivo adjudica licitaciones públicas y contratos millonarios —como las partidas destinadas a megafondos del tipo Blackstone para la gestión de activos o suelo de vivienda— entre bambalinas.

Desde la psicología de la dominación, esto constituye la forma suprema de disociación biopolítica. El poder necesita fabricar un adversario simbólico hacia el cual dirigir la rabia colectiva mientras, en la realidad material, alimenta la estructura económica de ese mismo adversario. El ciudadano es sometido a un chantaje emocional constante para que no perciba la contradicción estructural: la misma mano institucional que financia la ingeniería financiera del mercado es la que sostiene la pancarta de duelo tras el colapso de la víctima.

​Reflexión final: La restitución de la realidad frente a la ingeniería social

​El verdadero peligro que la psicología analítica señala en los momentos de agitación social es la absorción de la verdad individual por la maquinaria propagandística del Estado.

​Maricarmen no debería ser el instrumento de ninguna estrategia política, ni en vida para justificar la confrontación, ni en su muerte para forzar agenda legislativa. El acto de conciencia individual al que está llamada la ciudadanía consiste en desmantelar el circo mediático, reconocer la complejidad real de los hechos y rechazar tanto la picaresca como la empatía impostada de las esferas de poder, devolviendo a la persona su dimensión humana al margen de los intereses del teatro político.