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domingo, 3 de febrero de 2013

EL RESURGIR DE LA SEGREGACIÓN SEXUAL EN LAS ESCUELAS.



El concreto tema de la segregación sexual en las escuelas, en cuya raíz podemos encontrar, en realidad, un asunto mucho más polémico aún, y que conviene traer a la palestra, como es el de si el “hombre (y, por supuesto, la mujer) nace o se hace”, ha sido tratado magistralmente por el terapeuta de orientación junguiana, Raúl Ortega, en un magnífico ensayo publicado en la web Odisea del Alma, de la que él es webmaster, y que traigo hoy a colación aquí. 

Por supuesto, el autor de este blog suscribe, solidariza y se responsabiliza de cuanto el Sr. Ortega expresa en el trabajo que publico a continuación. Y es que, como comprobaremos tras su lectura, no hay duda de que este tema (“nature versus nurture”) tiende a reaparecer en nuestra sociedad bajo diferentes disfraces.


"¿De qué se trata toda esta polémica en el fondo?

En mi opinión, todo se sustenta en una contracorriente subterránea que costosamente va saliendo a la luz en mitad de nuestros caros lugares comunes y tópicos modernos. Un impulso que abiertamente podemos llamar reaccionario, aunque sea un calificativo del que todos los defensores de éste y similares movimientos quisieran huir espantados para no ser rechazados a priori y antes de poder esgrimir el primer argumento siquiera. Este modo políticamente incorrecto se resiste a seguir asumiendo como absoluta verdad ciertas categorías alrededor de las personas en general y los géneros en particular que a lo largo de los últimos siglos se han ido imponiendo en la cultura, o sea, la psicología de masas, la psicología individual y las políticas de Estado. Esas categorías quieren fundamentar, más o menos tácitamente, la igualdad de derechos y oportunidades en una igualdad esencial de temperamento, aptitudes y actitudes compartida por todos los seres humanos. Aunque, para tratar de curarse en salud, el tópico moderno use por doquier el discurso de la "igualdad en la diferencia", en realidad las grandes ideologías humanistas que sustentan nuestra cultura moderna están basadas en la presunción de que existe un sólo modo de entender el buen progreso, el bien y el bienestar en la vida, y que ese modo es compartido por todos los seres humanos. Todas las ideologías sociológicas racionalistas tienden a hacer de cada individuo un átomo indistinguible de la masa, un número, porque así de ecuánimes, homogéneas y, sobre todo, simplistas, son las matemáticas. Nunca es la imaginación del arquitecto de utopías racionales tan compleja y sofisticada que pueda diseñar un mundo mejor contando con las profundas diferencias entre los seres humanos, así que suele despreciar esas irregularidades cortando, nunca mejor dicho, por lo sano. De camino, se vuelve muy cómodo para toda administración pública lidiar sólo con sumas y restas, y a la política le resulta muy manejable y adecuada la sencilla ecuación "1 hombre, 1 voto". Cuando la sociedad requiere conjuntar actitudes para enfrentarse a problemas que la fuerza bruta, el número, ayuda mucho a resolver, como son los casos de la revolución o la guerra, la conciencia de clase y el patriotismo, respectivamente, son inigualables instrumentos. Pero cuando la sociedad sale de esos estados de excepción, la personalidad particular y el prurito diferenciador individualista piden paso, y entonces todo lo conseguido gracias a la homogeneidad se convierte en obstáculo y problema. Lo peor es que suele ser lo más valioso que tenemos como seres humanos lo que quiere segregarse del entorno. Como todas las escuelas psicológicas saben, el hombre a menudo es más necio, más inmoral y más estúpido cuando funciona según la unánime psicología de masas.

Juguemos a comparar rostros humanos. ¿Qué vemos? Rasgos comunes, aquellos precisamente que nos llevan a llamarnos entre nosotros "semejantes". Pero, al mismo tiempo, no hay una nariz igual a otra, ni una boca, ni una mirada. Somos tan distintos a la vez que podríamos también llamarnos entre nosotros "diferentes". Sabemos reconocer a un individuo en particular aún mezclado entre una multitud. Sin embargo, si un caucásico tiene que diferenciar rostros entre una muchedumbre de otra raza, le va a costar bastante más. Todas esas caras le van a resultar demasiado indistinguibles. Basta convivir un tiempo con la nueva etnia, familiarizarse con sus exóticos rasgos, conocer mejor a esos otros hombres y mujeres, para adquirir la capacidad de discriminación adecuada. Entonces, esto es lo que les debe pasar a todas las psicologías, sociologías y políticas del fundamentalismo igualitario: que no conocen lo suficiente a los seres humanos.

Cuando nuestra cultura tiene que aceptar diferencias evidentes entre las gentes acude rápidamente a argumentos alrededor de disimilitudes educativas, influencias del medio dispares, y no es raro que su discurso acabe convirtiéndose en perorata sobre el poder que aún tienen en nosotros la injusticia y la discriminación sociales heredadas desde un siempre más ignorante y cruel pasado histórico. Pero es precisamente en la noche de los tiempos donde se pierde el origen de la sensibilidad del ser humano a la realidad de las diferencias, la genuina, objetiva y curiosa inquietud acerca de la diversidad de los caracteres. Nuestra ancestral vocación por entender y describir las tipologías tiene una historia frondosa y fascinante, llena de sagaz perspicacia y agudas observaciones, antes bien que de ineptitud y oscurantismo. La vieja Astrología, en toda su magnificencia intuitiva, propone sin ambages, en frontal oposición a nuestras favoritas concepciones acerca de la gestación de los caracteres, el origen innato del temperamento y sus variedades. El moderno Indicador Myers-Briggs, test de tipos diseñado por Katherine Cook Briggs y su hija Isabel Briggs Myers basado en las innovadoras ideas de Carl Gustav Jung vertidas en la obra Tipos Psicológicos, es una de las herramientas más usadas universalmente en el área de Recursos Humanos a día de hoy. Su propuesta es también el origen innato de las tipologías. En general, en abrumadora mayoría, las teorías a lo largo de la Historia sobre la genésis del carácter se han decantado por fundamentos básicos prefijados antes del nacimiento, de un modo similar a la gestación de las particularidades fisionómicas.

El meollo de la polémica alrededor de la reimplantación de la escuela unisex está justo en este debate entre el "se nace" y el "se hace". Démonos cuenta de que esto es algo que va bastante más allá del problema educativo.

Como no me canso de divulgar, hoy día nadie se atreve a usar consideraciones puramente psicológicas, y menos aún de talante intuitivo, para argumentar seriamente a favor o en contra de cualquier tesis sobre la personalidad humana. Hoy día la piedra angular de cualquier argumento al respecto, por decreto paradigmático, la detenta el cerebro y sus circunvalaciones. La última y primera palabra se recoge desde los descubrimientos en el área de la Neurología, y es por eso que desde ahí parte el discurso de los principales teóricos de la educación en la diferencia, como María Calvo. A juzgar por la debilidad de las tesis que salen en contra cuando se evoca este punto, queda patente que integrar hoy en la propia teoría testimonios extraídos de áreas de moda con tanto "mana" como son el gen y el cerebro, es una garantía de éxito en la ruptura de las defensas enemigas. A mi entender, sin embargo, es la psique, no el cerebro, la última frontera y la clave de todas las claves, e hipotecar los argumentos únicamente al discurso neurológico una maniobra no suficientemente inteligente. El cerebro que creemos analizar objetivamente a día de hoy es, con total seguridad, en gran medida, un objeto de culto animista, cargado de nuestras propias proyecciones. Son las mismas Neurología y Biología, aunque desde sus sectores más revolucionarios, las que están alertando hace rato de la posibilidad de que el cerebro, en lugar de ser un motor y un generador del psiquismo, sea un receptor, un "ojo", que traduce, no luz, sino una igualmente exterior e independiente psique. Sin abundar más en esta dirección ahora, mi postura es aceptar el argumento neurólogico sólo como una prueba más, y desde luego no la fundamental, a favor de la premisa que considera predestinados rasgos decisivos en las aptitudes y las actitudes con las que nacemos.

Si la política occidental está ya aceptando este discurso y está empezando a cambiar leyes educativas y programas de subvenciones a colegios, y la estadística de calificaciones sigue avalando la conveniencia de estos cambios, por más desagradablemente reaccionarios que le parezcan al sector filosófico más fanáticamente "progre", el siguiente paso obvio será trasladar todas estas consideraciones al plano laboral y, en último término, a lo social in toto. Esto sí que son palabras mayores. Muy inquietantes.

Como representante, inspiradora y madre espiritual del sector más fanáticamente "progre" en relación a estos temas de las políticas de sexo, Simone de Beauvoir debe estar revolviéndose en la tumba con el discurso de las María Calvo. Su "No se nace sino que se deviene mujer" ya planta de frente toda la batalla. No creo que ni siquiera le aliviase comprobar que el discurso diferencista actual favorece a las mujeres con una ventaja en virtudes innatas provechosas y admirables. Pero el discurso de Simone tarde o temprano tenía que sufrir reveses. Inserto en la filosofía existencialista, empeñada en divulgar la esencial soledad del Hombre en un Cosmos infinitamente vacío, justo en la misma época en que el fenómeno OVNI obligaba a las masas a acuñar y esgrimir apresuradamente el slogan opuesto "We Are Not Alone" (no estamos solos), y empeñada en divulgar la inexistencia de poderes trascendentes mientras Jung publicaba libro tras libro acerca de los Arquetipos, el Self, y el poder y la influencia de las energías y las inteligencias más allá de lo humano, es un discurso que pelea desde un movimiento tarde o temprano perdedor, como siempre apuesta a perder toda filosofía que basa su metodología en un exceso de racionalismo, abstracción, juegos mágicos de palabras y literatura en detrimento del método esencial de conocimiento filosófico que debe partir, como su hija la Ciencia prescribe, de la fenomenología. El existencialismo es demasiado francés, o sea, demasiado cartesiano, cortesano, lingüístico y mediático. Definitivamente, recomendaría aferrarse mejor al error del paradigma neurológico, que al menos parte de ciertos atisbos experimentales, que seguir basando los idearios psicológicos y políticos propios en la influencia de discursos snobs autocomplacientes de "enfants et filles terribles" procedentes de la excelsa en estética, pero no tanto en ética, París.

Diría ahora que Simone comete un error al que se enfrenta el analista transpersonal día sí, día no, en la consulta. Ella, indesconociblemente, pertenece a una tipología muy determinada. La suya es una tipología rara, no común estadísticamente hablando (y es una de mis preferidas, dada en hombre o mujer, dicho sea de paso), pero constantemente infiere este tipo de mujer, desde su prejuicio cognitivo, que tal y como es la personalidad que ella ostenta, así debe ser la de todo el resto de mujeres en el fondo, y así debe ser en realidad entonces la esencia del "Eterno Femenino". Deduce que ella debe ser más inteligente que la media, y que gracias a eso vive "liberada", expresando una feminidad genuina, mientras el resto de mujeres malviven con su personalidad real apresada en la esclavitud, sometida a una sociedad machista. Todo lo cual es permitido por su ignorancia. Esta tipología siempre acaba elaborando un discurso sociológico similar, lo divulgue al mundo desde el púlpito de intelectual famosa o lo espete sólo a las amigas en las sobremesas si es una anónima vecina. La acumulación de experiencia desprejuiciada en el trato con los demás, la profundización en el análisis propio y del prójimo, va corrigiendo esta visión igualitarista indiscriminada. Disminuyen las decepciones constantes frente al carácter de ciertas amigas, al dejar de esperar peras de aquellas que han nacido para ser olmos. Aprende a reconocer a sus pares, y a formar círculos de confianza sólo con aquellas personas que no tienen que alienar su personalidad para adaptarse a sus exigencias relacionales.

Nacer hombre o mujer conlleva diferencias. Nacer tal hombre o aquella mujer, puede conllevar diferencias aún más profundas incluso con representates del mismo género.

El grave problema del fracaso escolar actual

No puedo terminar el comentario a estas noticias sin tocar esta cuestión. Ciertamente, es tan urgente y conmocionante el debate en sí sobre los géneros, sus similitudes y sus diferencias, que aunque esta polémica parezca surgir en principio sólo como respuesta a una problemática previa más básica y más importante, rápidamente acapara toda la atención y el protagonismo, y el asunto del que parecía partir se acaba desvelando casi como mera excusa. Es tan así en la opinión pública que he llegado a leer por ahí que es preferible mantener la convivencia de niños y niñas en las aulas aún cuando eso ocurra en detrimento de su rendimiento académico. Se nota claro cuáles son nuestras prioridades y principales sensibilidades. Pero sería un error que yo obviara en este comentario toda referencia al problema en sí del fracaso escolar, por mucho que palidezca frente al bullicio de los asuntos sexuales. Seré de todos modos esquemático.

Hay unas causas estadísticamente constantes de fracaso, como todas aquellas taras orgánicas que obstaculizan seriamente el proceso de aprehensión, comprensión y retención de información (dislexia, hiperactividad, bajo C.I., etc.). Esto no nos interesa ahora, sino solamente aquello que se esconde detrás del aumento progresivo en las estadísticas del porcentaje de fracasados, incremento alarmante en los últimos años, que no se corresponde con ningún aumento en la prevalencia de disturbios orgánicos, y que en principio podemos introducir en el cajón de sastre que la psicopedagogía etiqueta como “causas emocionales”.

Dejando aparte cuestiones colaterales menores como la influencia que seguramente tienen en este asunto cambios decisivos en el entorno cognitivo del niño tales como la omnipresencia del ordenador, la internet y, en general, la supremacía actual de lo hipnótico audiovisual, y mayores como la disfuncionalidad y desestructuración cada vez más extendidas de la familia (que al final incluiré en el conjunto mayor que contiene, codo con codo, todas las causas de desazón y angustia del estudiante actual ante su incierto futuro), tengo que decir que hace varias décadas que el nivel al que llegaría este problema se podía predecir sólo atendiendo a la evolución que se ha ido dando en el seno del mismo sistema educativo, sin necesidad de salir fuera de la clase a buscar razones coadyuvantes. Me refiero a que la exigencia académica hace rato que no hace más que crecer y crecer. La competitividad estudiantil y laboral no ha hecho otra cosa que incrementarse exponencialmente. Para acceder al mismo nivel socioeconómico cada año hay que cumplimentar más requisitos y, encima, la seguridad laboral se ha debilitado tanto que las garantías de logro en este sentido han descendido dramáticamente, incluso cumplimentando estas desorbitadas cláusulas que siguen elevando su listón día a día. La escolarización comienza antes. El fin de la formación académica termina después. Hace mucho que la ecuación esfuerzo-recompensa da resultados negativos, y la cifra no hace otra cosa que descender. Todo esto conforma un panorama desesperanzador para el estudiante típico, aquel que va a clase sencilla y llanamente para ganarse la vida después integrado en sociedad como un ciudadano más, y nada más. El estudiante típico es aquella diligente y abnegada persona que con sudor y lágrimas se prepara para seguir sudando y llorando cuando acceda a un puesto laboral. Para estas personas, que el ganarse no más que el pan, el cobijo y una mínima integración en la tribu humana requiera cada vez esfuerzos más hercúleos y sobrehumanos no puede ser otra cosa que una absurdidad clavada como un trauma en mitad de la propaganda de la sociedad del bienestar, herida que va calando más a fondo de generación en generación. No es de extrañar que al estudiante que va a clase como inversión financiera le parezca cada año más ruinoso un negocio donde esa inversión cada vez es más grande y el resultado probable más mediocre. No me sorprende por lo tanto que el representante de este tipo más astuto y hábil prefiera invertir su tiempo y sus mañas cada vez más en derroteros oportunistas, a la caza de esos 15 minutos de fama y de los contactos dorados que le concedan una llave más cómoda de acceso al éxito. No se les puede culpar a las nuevas generaciones de invertir su esperanza en la cultura del "pelotazo". Al menos en ésta aún pervive para ellos el "sueño americano". En la alternativa, el cauce normal académico, lo que respira hoy es una "pesadilla occidental". Por otro lado, para el estudiante atípico, el siempre rebelde vitalista que se toma en serio como valiosos en sí mismos los ideales del conocimiento y la vocación, este estado de cosas no puede ser algo distinto de una tomadura de pelo. Cada año más letra muerta, más potajes de información seca, más inflación de la función intelectual. Y de la vida, de la experimentación y la fenomenología, que es el fundamento de todo verdadero conocimiento ¿qué?

Toda actividad humana necesita estar animada con algún Mito del Sentido. Cuanto más costosa, esforzada, es, más clara, menos relativa y más profunda debe ser su significación. La psicología sabe bien cómo le destroza la mente a los soldados el embarcarse en batallas que no cuentan con una total credibilidad y buena prensa. Tenemos un ejemplo muy presente en Iraq, otro no muy lejano en Vietnam. No son la violencia y la barbarie las causas directas de la traumatización. El ser humano puede soportar mucho dolor y espanto sin quebrarse. Pero sólo si está profundamente convencido de que hace lo correcto.

Estudiar no es ir a la guerra. Pero es como cavar una trinchera a lo largo de muchos, muchísimos años. El enemigo: los exámenes. La victoria… ¿Instituir una familia fundamentada en la crisis de pareja? ¿Consumir desenfrenadamente productos globalizados? ¿No consumir desenfrenadamente en beneficio del enfriamiento global? ¿Convertir la crianza de hijos en una vocación? ¿Abortarlos para seguir la propia vocación? ¿Qué propia vocación? ¿Sufragarse la libertad de un par de horas de ocio a través de las ocho horas de esclavitud y alienamiento en el puesto laboral? ¿Venderle la vida a un banco? ¿Atiborrarse de medios y de información para estar cada día más desinformado? ¿Esperar unas décadas más a ver si la vida empieza de verdad en la jubilación, en la tercera edad? En definitiva: ¿Integrarse en una sociedad que pierde lustro tras lustro credibilidad y fuerza moral?

Trato de decir que el problema del fracaso escolar es un síntoma muy conspicuo del muy grave malestar en la cultura que todos, no sólo los púberes, sentimos hoy. No está fracasando el estudiante; el estudiante es una fuerza vital, es la Naturaleza que busca abrirse paso y expresión. Está fracasando el Sistema, que cada día destruye más el entorno natural, en lugar de someterse a él. Como bien dice María Calvo, las niñas suelen ser más obedientes que los niños. Son más adaptables, más condescendientes, más resignadas al entorno y sus normas. El varón suele ser más crítico, más rebelde, menos crédulo, y necesita para actuar ideales de más largo alcance y más abstractos que el concreto pragmatismo o la inmediata ganancia de la armonía relacional. Esta es la razón básica, que subyace a todas las demás, del por qué las chicas siguen funcionando mejor como engranajes de esta gigantesca maquinaria disfuncional.

Debía ser allá en mis tiempos de estudiante de primero, o quizás segundo de B.U.P, cuando me preguntaba a menudo por qué las chicas tenían tanta urgencia en integrarse a fondo en una sociedad de la que cualquier chico deseaba desde hacía algunas décadas desintegrarse."


El ensayo completo lo podéis leer aquí.

domingo, 21 de febrero de 2010

CONOCIMIENTO ACADÉMICO Y AUTORREALIZACIÓN PERSONAL


En esta entrada proseguimos nuestra disquisición acerca del conocimiento académico y el que procede de la vivencia, o "gnosis". Y, dado que hemos estado hablando de Wilber y de Jung, utilizaremos como ejemplo a ambos autores. Así, cuando leo a estos dos autores, por ejemplo, me doy cuenta de que muchos malos entendidos se producen por los diferentes mapas que utilizan. Fijémonos, verbigracia, en el término mágico. ¿Qué entendemos por el término "mágico" o "numinoso", quienes proseguimos el legado jungiano? ¿En qué diferimos de lo que Ken Wilber entiende por ese término?

Dentro del planteamiento de Ken Wilber, el término "mágico" se refiere a una etapa pre-racional o pre-egoica, en la que hay un pensamiento mágico (lo inconsciente se encuentra proyectado en el mundo objetivo). Mas ese término puede utilizarse en otro contexto, para referirse a la experiencia que una persona tiene, cuando es "arrebatado" por una vivencia espiritual, por ejemplo. Es, de ese modo, cómo lo entiende C. G. Jung. Por eso es tan importante definir lo que cada cual entiende, cuando utiliza ciertos términos. Especialmente, cuando se usa terminología nueva, como es la de Ken Wilber.

Personalmente, cuanto más leo a Wilber, tanto más me inclino por los planteamientos de Carl G. Jung. Desde mi punto de vista, éste último es más complejo y, a la vez, más completo en su modo de abordar la psique. Aunque, soy consciente de que aún me queda mucho por conocer de Wilber.

En cualquier caso, lo esencial, desde mi punto de vista, no es lo que dice Wilber, Jung, o cualquier otro autor. Sino la experiencia que cada cual va teniendo en el camino de despliegue de su personalidad total (léase Sí Mismo) y qué mapas le pueden ser más útiles en ese camino. Al final, el camino lo tiene que recorrer uno, o, como dijo el poeta, el camino se hace al andar. Así, que Jung haya designado con el nombre de individuación a ese proceso no es casual. Se refiere a que ese sendero, aunque tenga etapas universales, arquetípicas, los matices, las prelaciones en que se dan esas etapas, los conflictos que se presentan, etc., son, no obstante, únicos e irrepetibles.

Así, la obra de Wilber es la expresión de su propio proceso de individuación, como la obra de Jung es, también, una expresión de su autorrealización. Sin embargo, esa autorrealización puede ser más o menos completa en cada uno de los autores, y uno puede darse cuenta de esa completud estudiando sus biografías. Yo, en este punto, me adhiero a lo que mi buen amigo Raúl Ortega, terapeuta de orientación jungiana, dijo en una oportunidad:

"Yo, por otro lado, soy un hombre de poca fe. Un pobre de espíritu, obligado a ser mordaz crítico tanto de mis especulaciones fantasiosas como de las de los demás. Incapaz de creer en lo que cuenta ningún maestro en una conferencia o libro si no forma parte de mi propio bagaje. No me interesa ninguna canción que no me toque el alma, ni ninguna doctrina que no pueda contrastar con la dura roca de mi limitada pero únicamente efectiva experiencia real. Nadie va a darte nada que tú no tengas. Nunca vas a conocer nada importante sobre la realidad transpersonal a través del pensamiento de otros, de sus anécdotas, de sus libros, ni tampoco a través de ningún ejercicio o meditación a la que no te instigue (siempre sólo temporalmente) el mismo Self. Nadie puede elegir andar el camino. Él te elige a ti."

Yo, con Raúl, digo: No me interesa ningún libro, ni ningún autor, ni obra alguna que no forme parte de mi propio bagaje vital. Entiendo que haya gente que pueda atiborrarse de teorías de autores diversos y que se vanaglorie de haber leído miles de libros, de conocer cientos de caminos distintos. Y, sin embargo, no tiene ni idea de cuál es el suyo propio. Que, al fin y a la postre, es lo verdaderamente importante. De este modo, cuando escribo, cuando investigo, no lo hago para ver cómo otros han escrito tal o cual cosa, qué mapas han realizado, y lo bien delineados que están, etc... No, eso no va conmigo. Lo hago porque estoy haciendo mi propio camino, porque estoy caminando mi propio Destino y, para comprender mejor la etapa en la que me encuentro, para ver lo que han visto otros que han hollado esas mismas praderas (u otras semejantes), consulto a los autores que han estado allí (y no a aquellos que hablan por boca de otros, y/o que ni siquiera han conseguido pasar el Umbral). Desde luego, soy muy consciente de que este modo de proceder no es el común, ni mucho menos, y que resulta harto difícil, duro y, en ocasiones, peligroso. Marie Louise von Franz, en su libro "Alquimia. Introducción al simbolismo", expresa esta misma idea del siguiente modo:

"(...)incluso en la tradición del introvertido que se proclama dueño del espíritu, la verdadera experiencia personal del inconsciente es muy poca. Nunca hay más que unos pocos individuos que tengan experiencias así, probablemente porque son tan
peligrosas y aterradoras que sólo unas pocas personas excepcionalmente valientes siguen este camino, o bien los necios que no saben hasta qué punto aquello es peligroso, y que por eso mismo terminan enloqueciendo."

miércoles, 10 de febrero de 2010

CONOCIMIENTO VIVENCIAL VERSUS CONOCIMIENTO ACADÉMICO

Estaba yo pensando sobre mi nueva andadura en la Universidad, precisamente ahora que ando liado con los exámenes parciales, y miraba a su vez mi participación en el 11º Congreso Virtual de Psiquiatría, mientras me preguntaba: ¿Por qué me cuesta tanto esfuerzo algo que, objetivamente, no resulta nada complejo? En general, en el ámbito en el que me estoy moviendo en estos momentos, y no digo que no sea parte de mi Camino, algo de lo que soy muy consciente, abundan los académicos. Estos, por norma general, se caracterizan por tener un conocimiento de gran cantidad de mapas, de hipótesis y/o teorías escritos por unos y por otros. De hecho, precisamente ahora, estoy atracándome de teorías que necesito memorizar para verterlas después en un exámen. Y es, justamente eso, lo que me resulta infumable. La finalidad de todo ello, desde un punto de vista pragmático, es obtener un Título o Diploma, exigido por el Sistema, para que pueda ejercer lo que es, a fin de cuentas, mi vocación. Aunque, el el fondo, es el Padre Saturno el que me ha confrontado con esa exigencia y como Puer, no queda otro remedio que acatar.

Y, de pronto, de un modo sincronístico, como suele sucedernos a mi hermano espiritual Raúl y a mí, en un hilo de comentarios en torno a mi ensayo sobre la interpretación del simbolismo arquetípico de la película Avatar, encuentro que Raúl escribe algo que encaja perfectamente con lo que venía pensando durante los últimos días. Por ese motivo, voy a reproducir el fragmento que más directamente describe mi/nuestro modus vivendi:

"Yo, por otro lado, soy un hombre de poca fe. Un pobre de espíritu, obligado a ser mordaz crítico tanto de mis especulaciones fantasiosas como de las de los demás. Incapaz de creer en lo que cuenta ningún maestro en una conferencia o libro si no forma parte de mi propio bagaje. No me interesa ninguna canción que no me toque el alma, ni ninguna doctrina que no pueda contrastar con la dura roca de mi limitada pero únicamente efectiva experiencia real. Mi opinión al respecto se asimila con la de U.G: nadie va a darte nada que tú no tengas. Nunca vas a conocer nada importante sobre la realidad transpersonal a través del pensamiento de otros, de sus anécdotas, de sus libros, ni tampoco a través de ningún ejercicio o meditación a la que no te instigue (siempre sólo temporalmente) el mismo Self. Nadie puede elegir andar el camino. Él te elige a ti.

El desarrollo espiritual no consiste en incorporar, introyectar, saberes ajenos, que para uno mismo no son más que fantasías, y no pueden ser otra cosa, sino en sacar a la luz tu saber interior. Debo decir mejor “el” saber interior. Hay, sin embargo, algo legítimo en el alumnado, lo “acádemico” transpersonal, y es cuando se cumple la máxima “el maestro aparece cuando el discípulo está preparado”, porque eso incluye que el proceso ha partido desde un lugar que está más allá de la mera transmisión de información entre dos seres humanos, lo cual, como digo, es totalmente inoperante allende la educación para un oficio técnico, manual. Y hasta para ello hay que tener aptitudes, las cuales no se aprenden, ni se compran con el pago de una matrícula.

En resumen: quizás con algo de ayuda, mejor sin ninguna, o lo ves por ti mismo, o no lo ves jamás. Es desde aquí, desde la familiaridad experiencial, desde donde critico o no critico a esta gente. No suelo jugar nunca a contrastar teorías aprendidas como un loro con las teorías imaginadas por otros. De eso está lleno el mundo académico y “cultureta” de las sociedades, pero yo no transito esas ágoras."

Hermano Raúl, con gran esfuerzo por mi parte, me toca transitar esas ágoras...


viernes, 4 de diciembre de 2009

CRISIS DEL SISTEMA EDUCATIVO. ALGUNAS REFLEXIONES DE FONDO (1ª PARTE)


Hace apenas unos meses que inicié un nuevo periplo por la Universidad. El paso por esta institución no es nuevo para mí, ni mucho menos. Ya han pasado nueve años desde que me licenciara como científico ambiental. Durante todo ese tiempo, he mantenido una relación de amistad, con algunos de los profesores, lo que me ha permitido estar bien informado del creciente deterioro en la calidad de la enseñanza.

Más o menos en la misma fecha en la que inicié mi licenciatura en Ciencias Ambientales, allá por el año 1996, comencé a simultanear estudios de Psicología Analítica, como autodidacta. A medida que iban transcurriendo los años, me fui dando cuenta de que, aunque mis calificaciones en las asignaturas de Ciencias Ambientales eran, como norma general, muy buenas, mis conocimientos en Psicología Analítica superaban con creces los adquiridos en mi propia licenciatura. Naturalmente, pese a estar intrínsecamente motivado a estudiar en ambos casos, lo que marcaba la diferencia era el factor vocacional. Tan fue así, que, al finalizar la carrera, me puse en contacto con la Facultad de Psicología, de la Universidad Autónoma de Madrid, con el objeto de iniciar un doctorado relacionado con la Psicología Analítica.

Una vez entrevistado, con quién sería mi director de tesis y ya encaminado para realizar el doctorado, comencé a darme cuenta de que, o me amoldaba a las líneas de investigación abiertas en la universidad, o debía abandonar mi pretensión de convertirme en doctor en Psicología. Pasaron los meses y, tras embarcarme en un trabajo de auto-exploración profunda, en lo que Carl G. Jung denominó análisis de lo inconsciente, fui plenamente consciente de que mi camino, se desviaba radicalmente de las perspectivas dominantes en la institución universitaria. Así que, ante la disyuntiva de, por un lado, seguir profundizando en el conocimiento de mi esencia, de seguir investigando para “conocerme a mí mismo”, conditio sine qua non para ejercer cualquier disciplina relacionada con la salud mental, o, por otro lado, adaptarme a las demandas del Sistema universitario, con el fin de escalar posiciones, acumular medallas y ganar prestigio, me decanté por dejar la institución y seguir mi camino autodidacta. Finalmente, el resultado de mis investigaciones fue publicado en mi libro "El retorno al Paraíso Perdido. La renovación de una cultura".

Durante mi estancia en la universidad como estudiante de Ciencias Ambientales, me pude percatar de la atomización existente, entre las diferentes disciplinas. Los Químicos, los Biólogos, los Ingenieros Forestales, los Matemáticos, los Astrofísicos o los Meteorólogos, tenían muy poca relación entre ellos, pese a que impartían clases a alumnos que cursábamos la misma carrera. Para ser honesto, debo decir, que a pesar de todos los inconvenientes, tuve la gran suerte de ser testigo del nacimiento de una nueva perspectiva que, con los años, se ha visto como fundamental, para el abordaje de los problemas medioambientales: la perspectiva multidisciplinar y transdisciplinar.

En mi próxima entrada ahondaré más, en los factores relacionados con la crisis del sistema educativo.