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domingo, 14 de marzo de 2021

PSICOTERAPIA DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA. EL PROCESO DE INDIVIDUACIÓN


PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA. PARTE 5.

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.




Mani y el maniqueismo

Continuamos en este artículo escrito para psicología junguiana con el simbolismo presente en la figura de Mani. 

Como vimos en nuestro anterior artículo, el nombre de Mani, Manes, significa vaso. Este símbolo alude al recipiente en el que tiene lugar la obra alquímica de transformación del plomo en oro. Pero como dijimos Mani se cambió de nombre. Su nombre original era Gabricus, que se asemeja mucho al nombre con el que los alquimistas se referían al azufre (kibrit). 

Además, Mani fue un niño huérfano, adoptado por una mujer aristócrata, por lo que estos detalles biográficos están relacionados con los símbolos del huérfano, del solitario y del hijo de la viuda, a los que ya nos hemos referido en un artículo anterior

Recordemos que Mani obtuvo de su padre adoptivo cuatro libros procedentes del sabio Escitiano, maestro de su padre adoptivo, pero que le llegaron como legado de su madre adoptiva. Desde un punto de vista psicológico esto se puede interpretar como el descubrimiento que el yo consciente hace de un conocimiento proveniente del anciano sabio, una personificación del sí mismo, como resultado de la relación del yo con lo inconsciente colectivo (la Madre). En definitiva, la sabiduría que proviene del principio espiritual simbolizado por el anciano sabio.

De hecho, Jung relaciona a Mani con el azufre negro, al que se refiere como "la oscuridad activada en la materia, la sombra del Sol, que representa la virginal y materna materia prima". Lo que probablemente aluda al conocimiento que se obtiene cuando la consciencia mantiene relaciones con lo inconsciente que, como vimos, es un acto simbolizado por la alquimia mediante la coniunctio, la hierogamia o el incesto.

E. Edinger, en sus conferencias sobre el libro de Jung Mysterium Coniunctionis, se refiere de un modo acertado a ese conocimiento que se obtiene mediante la relación de la consciencia con la oscuridad ctónica o subterránea de lo inconsciente y lo contrapone al conocimiento obtenido mediante la adopción de un sistema filosófico o una religión ya formulada y altamente diferenciada. 

Nosotros nos hemos referido anteriormente a la vía seca cuando hablamos de ese camino que honra al tabú del incesto y sigue al padre. Una forma moderna de este camino sería aquél conocimiento que se obtiene del saber científico proveniente de las figuras que representan la autoridad científica en un determinado ámbito (el padre), y que confieren a la consciencia colectiva racional (logoterapia, psicoanálisis clásico, terapia cognitivo conductual, etc.) la máxima importancia. 

Como dijimos anteriormente, ya desde los primeros siglos del cristianismo, Cristo ha adoptado para el cristiano dogmático la imagen luminosa de ese conocimiento espiritual que desciende de las alturas, mientras que Mani, como azufre negro, es un contrapunto a ese Cristo exclusivamente luminoso, bueno y "espiritual", es decir, una especie de hermano oscuro de Cristo.

Los psicólogos de orientación junguiana estamos especialmente familiarizados con ese conocimiento que proviene de la profundidad de lo inconsciente a través de las experiencias visionarias (sueños y visiones) y de los productos creativos de la imaginación activa: la vía húmeda.

Para aquellas personas que siguen una vía seca, Jung y, en general, lo junguiano, es concebido como "errado", "equivocado", "no científico", "místico", "meramente psicológico", "maniqueo", "gnóstico", etc., y las críticas se suceden y repiten, muchas veces por un desconocimiento profundo de la obra junguiana, pero sobre todo porque quienes lo critican, bien no pertenecen al ramo, bien desconocen los hechos psíquicos a los que Jung, y la psicología junguiana, se refiere. Hay que indicar aquí que un mero conocimiento intelectual no basta para la comprensión del proceso y sólo aquellos que están recorriendo el camino pueden darse cuenta del tremendo esfuerzo que hizo Jung para hacerlo perceptible e inteligible a otros peregrinos.

No obstante, como se desprende de lo que venimos diciendo, la vía húmeda junguiana es un camino inadecuado para los "hijos del padre". Para estos últimos, repetimos, es la vía seca la adecuada y sería un terrible desatino, no exento de consecuencias desafortunadas, adentrarse en la oscuridad de las entrañas de la madre (lo inconsciente). 

Lo mismo puede decirse de los prístinos hijos de la Madre, para quienes, en la medida en que quede un resquicio del padre, la consciencia no podrá acceder a los dominios de la profundidad. Esto puede expresarse en sueños mediante una batalla entre la consciencia colectiva, simbolizada por ejemplo en un grupo de hormigas guerreras o legionarias, y la consciencia individual y sus contenidos, simbolizados por el yo y sus compañeros, teniendo acceso a los dominios del espíritu de la profundidad, después de que el yo haya derrotado a los representantes de la consciencia colectiva (las hormigas).

Por ese motivo, los psicólogos de orientación junguiana sabemos que es imprescindible conocer y respetar las necesidades anímicas del paciente y sólo en determinados casos es adecuada una intervención que conduzca a la consciencia a las oscuras profundidades de lo inconsciente.

Hace casi veinte años, en un artículo que escribí para la Jung's Page norteamericana, titulado El Reino de Acuario: la Unión de los Opuestos, me referí a la importancia que han tenido los hallazgos descubiertos en un lugar de Egipto, cerca del monasterio de San Pacomio, en Nag Hammadi, a unos cien kilómetros de Luxor. Me referí entonces, y lo retomé de nuevo en mi libro La hermandad de los iniciados, a que el descubrimiento de los manuscritos del cristianismo gnóstico primitivo parecía apuntar a que nuestra época está más próxima a poder asimilar la sombra colectiva del cristianismo oficial, al hermano oscuro del Cristo luminoso y exclusivamente bondadoso de la postura dogmática. 

En todo caso, debo hacer una aclaración antes de proseguir. A Jung le han tildado de maniqueo, así como también de gnóstico. Estas designaciones tienen en el occidente cristiano un significado peyorativo, porque se refieren sobre todo a la defensa de una posición dualista de la realidad y de Dios. Al criticar Jung la posición dogmática cristiana de Cristo como sumo bien y, con ello, la idea de la privatio boni, señalando que en el ámbito de la psicología los productos de lo inconsciente que simbolizan la imagen de Dios, es decir, el sí mismo, son paradójicos; como, por cierto, también lo son las imágenes tradicionales de Cristo. Al así hacerlo, los defensores del padre le han dicho que sigue los pasos del maniqueísmo o del gnosticismo. 

Pero Jung, y los terapeutas de orientación junguiana, está en las antípodas del maniqueísmo. En Mani el bien y el mal tienen ambos una existencia sustancial, el mismo grado de realidad, sí, y en eso coincidimos; ahora bien, para el maniqueísmo se trata de opuestos irreconciliables. Mani y, en general, el gnosticismo cristiano considera el mundo, la materia, como la expresión del mal, al hombre como caído en este mundo dominado por el maligno, y, por tanto, de acuerdo con esa concepción, habría que hacer todo lo posible para dirigirse hacia el bien, que está en el Pleroma

Sin embargo, Jung habla de la unión de los opuestos: mediante el autoconocimiento de la paradójica esencia del sí mismo, y gracias a la integración de los contenidos de lo inconsciente y la retirada paulatina de las proyecciones. Para ello se hace indispensable la meditación, es decir, la introspección, la comprensión de los sueños y los productos de la imaginación, lo que conduce a la toma de consciencia del sustrato arquetípico que convoca todo cuanto la consciencia vive, y que esta considera, erróneamente, como proveniente del mundo. En definitiva la individuación.

Por último, antes de finalizar este artículo, creo necesario hacer una observación respecto de las experiencias visionarias que forman parte de la terapia de orientación junguiana. El trabajo con las imágenes consiste básicamente en que el paciente preste atención y se involucre activamente en la captación de las imágenes de los sueños, de los estados emocionales o las visiones que le sobrevienen en estado de vigilia. Escribir sobre ellos, anotarlos en un diario fechado, dibujarlos o esculpirlos ayuda a seguir la pista a sus transformaciones. Buscamos con ello una integración en la consciencia de los contenidos que surgen objetivamente desde lo inconsciente.

Se diferencia, por lo tanto, de aquellos métodos, de tipo hipnótico o meditativo, dirigidos por un terapeuta o un guía, en los que este introduce una imagen o un tema elegido subjetiva y conscientemente, y que se han vuelto muy populares en occidente: por ejemplo, el mindfullnes, la hipnosis, la meditación cristiana inspirada en los ejercicios de San Ignacio y otros ejercicios espirituales de inspiración hindú. Todos ellos tienen el valor de que intensifican la concentración y ayudan a consolidar la consciencia, permitiendo que esta se fortalezca, evitando así la irrupción de lo inconsciente. Pero en lo que se refiere al acceso a la profundidad y la síntesis de consciente e inconsciente no tienen ningún valor.


 Bibliografía


González, J. (2004). El retorno al Paraíso Perdido. La renovación de una cultura. Soria. Editorial Sotabur. 

González, J. (2020). Cómo integrar tu sombra. Madrid. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. ( 2020). INICIACIÓN. El estertor del patriarcado. Madrid. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. (2020). La hermandad de los iniciados. Madrid. Ed. El hacedor de lluvia.

Jung, C. G. (2011). Aion. Contribuciones al simbolismo del sí mismo. Madrid. Ed. Trotta Vol.9/2.

Jung, C. G. (2002) Mysterium Coniunctionis. Madrid. Ed. Trotta. Vol. 14.



lunes, 8 de marzo de 2021

PSICOTERAPIA DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA. EL PROCESO DE INDIVIDUACIÓN.


PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA. PARTE 4.

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.


Proseguimos en este artículo hablando sobre las experiencias convocadas por la profundidad para el blog psicología junguiana. 

En nuestro anterior artículo hablamos de las experiencias convocadas por el sí mismo (imagen de Dios en el alma) durante el proceso de individuación, y nos referimos al simbolismo alquímico de la piedra filosofal como sinónimo del "hijo de la viuda". Decíamos que este sinónimo procedía del maniqueísmo, dado que a los seguidores de Mani se los conocía como "hijos de la viuda".

En los próximos artículos quiero profundizar en el significado simbólico de Mani y el maniqueísmo en un proceso de individuación, y en la importancia que tiene comprender el rechazo que provocó en los padres de la Iglesia.

Mani y el maniqueísmo

Los datos biográficos sobre Mani de que disponemos son fragmentarios pero desvelan hechos muy interesantes para la comprensión de ciertas experiencias convocadas durante un proceso de individuación. 

Según parece Mani fue un niño huérfano y, por lo tanto, es el ejemplo del "hijo de la viuda" por excelencia. Su nombre original debió de ser Cubricus que cambió posteriormente por el de Manes, palabra esta última babilónica que significa en castellano vaso. Fue vendido con cuatro años como esclavo a una rica viuda, quien le tomó cariño y le adoptó haciéndole heredero de su fortuna. No obstante, con la fortuna de su madre adoptiva Mani heredó, a ojos de la tradición cristiana, el verdadero veneno de su doctrina gnóstica. Se trata de los cuatro libros de Escitiano, también conocido como "Buddha", maestro de su padre adoptivo Terebinto. Dicho nombre podría ser una alusión al budismo, dado que se cree que Escitiano pudo haber hecho un viaje a la India y quizá haber sido un Brahman. De hecho, la transmigración de las almas que la doctrina de Manes contiene podría proceder del budismo.

La biografía de Escitiano es legendaria: se dice que había estado en Jerusalén en tiempos de los apóstoles. Profesaba una doctrina dualista que, de acuerdo con Epifanio, se ocupaba de los pares de opuestos "blanco y negro, amarillo y verde, húmedo y seco, cielo y tierra, noche y día, alma y cuerpo, bueno y malo, justo e injusto". 

Para el cristianismo, Mani extraía de aquellos libros su perniciosa herejía, envenenando a los pueblos. Esto es especialmente importante porque el maniqueísmo representa, junto con el resto de sectas gnósticas, la sombra colectiva del cristianismo.

Como sabemos, Agustín de Hipona, uno de los padres de la iglesia, responsable, entre otros, de la construcción de la consciencia colectiva occidental (cristiana) abrazó el maniqueísmo durante su juventud. Tras una serie de vivencias, que Agustín expone en sus Confesiones, se convirtió al cristianismo volviéndose especialmente vehemente y vituperante contra Mani y su doctrina. 

Esta reacción es un ejemplo histórico temprano de lo que tiende a ocurrirles a los conversos que abandonan una religión o una ideología para abrazar otra. Esto es especialmente así cuando la consciencia no se ha liberado de la heimarmene, de la compulsión de los astros, es decir, de la identificación con uno de los opuestos. Estos giros enantiodrómicos pueden producirse, por ejemplo, cuando una persona que durante la juventud abrazó una ideología racionalista y materialista, como lo es el comunismo o el marxismo o neomarxismo, en la adultez se convierte al cristianismo, al judaísmo o al Islam. O bien, a la inversa, cuando un cristiano decide abrazar una ideología comunista, abandonando el monasterio

Agustín defendió la doctrina cristiana de la privatio boni. Para él, Cristo es el sumo bien, excluyendo a su antagonista, el poder maligno. El mal, para Agustín y para la tradición cristiana, carece de sustancia, es sencillamente una ausencia de bien o de perfección. Por consiguiente todo bien procede de Cristo, y según esa concepción, todo mal solo puede proceder del hombre. 

Sin embargo, Mani concede al mal el mismo grado de realidad que el bien, y una existencia sustancial. En eso coincide con el resto de sectas gnósticas. De hecho, la secta cátara o albigense, aniquilada por la ortodoxia cristiana del modo más atroz, tenía raíces maniqueas. Con toda probabilidad, Mani tuvo experiencia directa con la realidad del mal, con el Diablo, de ahí el dualismo de su doctrina. Esto le valió la animadversión de los padres de la iglesia, y Agustín lo consideró la encarnación del Diablo. 

Este hecho histórico es un ejemplo temprano de lo que sucede cuando a un/a hijo/a del padre le señalas al Diablo y sus maquinaciones: identificará al Diablo con el mensajero y testigo. Creerá que la persona que ha experimentado, visto e identificado el mal es él mismo el mal del que le trata de alertar. De ahí que lo más prudente para una persona con un conocimiento así sea ver, oír, identificar y callar. La consciencia colectiva, y sus portadores, no comprenderán sobre qué se les está hablando y se producirá una proyección, pues es lo que ocurre siempre que la consciencia se topa con un contenido que le es completamente desconocido.

Un ejemplo de esto lo hallamos en el ámbito de la investigación de los trastornos de la personalidad, y en especial de la psicopatía. La consciencia colectiva (la sociedad) apenas tiene idea de la realidad a la que nos referimos los profesionales cuando hablamos de psicopatía. Incluso nos resulta muy difícil trasladar a un colega psicólogo o a un psiquiatra que no haya tenido un mínimo de experiencia con el mal personificado en un psicópata, los rasgos que lo caracterizan. Los malentendidos y las proyecciones están siempre presentes, como en una especie de juego de espejos, en el seno del cual el profesional mismo a veces corre el riesgo de ser confundido con el mal que intenta ayudar a identificar. 

Continuaremos en próximos artículos hablando del mito de Mani y su relación con algunas experiencias convocadas por la profundidad. 

Para leer la séptima parte de este artículo pincha aquí.


 Bibliografía


González, J. (2004). El retorno al Paraíso Perdido. La renovación de una cultura. Editorial Sotabur. 

González, J. (2020). Cómo integrar tu sombra. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. ( 2020). INICIACIÓN. El estertor del patriarcado. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. (2020). La hermandad de los iniciados. Ed. El hacedor de lluvia.

Jung, C. G. (2002) Mysterium Coniunctionis. Ed. Trotta. Vol. 14.

lunes, 1 de marzo de 2021

PSICOTERAPIA DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA. PROCESO DE INDIVIDUACIÓN.

 

PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA. PARTE 3.

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.



Proseguimos nuestro extenso artículo sobre el proceso psicoterapéutico de orientación junguiana escrito para Psicología junguiana. En esta ocasión vamos a hablar del proceso de individuación, y continuaremos describiendo algunas de las experiencias numinosas convocadas por el arquetipo del sí mismo durante dicho proceso.


El proceso de individuación



Todas las experiencias vitales que vive nuestra consciencia a lo largo de la existencia están convocadas por la profundidad. Dichas experiencias son percibidas por nuestra consciencia como provenientes de la realidad objetiva. Por ese motivo resulta inevitable la proyección, dado que es el modo en que la consciencia puede conocer su trasfondo arquetípico. Ahora bien, nuestra consciencia no puede retirar las proyecciones, es decir, no puede liberarse de la heimarmene o de la ilusión creada por maya (anima/animus), si antes no experimenta hasta sus últimas consecuencias el trasfondo arquetípico. Esto se asemeja mucho a la descripción que hace Platón en el mito de la caverna. Dicho trasfondo es proyectado en la realidad exterior, en el mundo circundante, a través de las diversas personas, circunstancias, acontecimientos o sucesos que nos ocurren. Esto es en esencia la individuación: un hacerse consciente del trasfondo arquetípico de la existencia.

Ahora bien, este proceso puede ser comprendido como un camino convocado por el sí mismo, que recorren solo unos pocos individuos -aquellos llamados por el sí mismo-. Dichos individuos, a medida que van avanzando en la retirada de las proyecciones/ilusiones creadas por esos arquetipos denominados anima en el varón y animus en la mujer, van haciéndose conscientes de la procedencia transpersonal de sus experiencias vitales y, last but not least, de su más íntimo destino.

El huérfano y la viuda.

Una de las experiencias vitales que la consciencia ha de vivir durante el proceso de individuación viene simbolizada en la alquimia por la imagen del lapis como huérfano. Huérfano es uno de los sinónimos con los que se conoce a la piedra de los filósofos, es decir, al sí mismo proyectado en la materia. Jung cinceló en una de las caras de su piedra, en la Torre que construyó en Bollingen, una inscripción alquímica de Arnaldo de Vilanova que dice así:

“Soy huérfano, estoy solo; sin embargo, se me encuentra en todas partes. Soy una unidad pero contrapuesto a mí mismo. Soy joven y anciano a la vez. No he conocido padre ni madre, porque se me tuvo que extraer de las profundidades como a un pez. O porque caí del cielo como una piedra blanca. Voy vagando por bosques y montañas, pero estoy oculto en lo más íntimo del hombre. Soy mortal como todos, sin embargo, no me afecta el curso de los tiempos.”

La experiencia de la orfandad, que es percibida ya en la niñez por muchos de mis pacientes intuitivos, se refiere a que la vivencia del sí mismo ocurre cuando se pierden todos los asideros, el soporte de las figuras paternas desaparece y la consciencia se siente huérfana, desterrada o abandonada, precisamente porque desaparece toda fuente de seguridad exterior. Solo así puede experimentarse la fuente que proporciona seguridad a la existencia. Por lo tanto, dicha experiencia, mediante la cual la conciencia siente que ha sido despojada de todo cuanto le proporciona seguridad exterior, es imprescindible para descubrir el sólido soporte de la piedra. Resulta cuanto menos significativo que, en plena época de pandemia, se haya constelado precisamente el arquetipo que sustenta esta experiencia (o sea, el sí mismo) lo que permite comprender el motivo por el cual una canción sudafricana, cantada en una lengua desconocida por occidente como es la zulú, se haya convertido en un auténtico éxito viral. Me estoy refiriendo a la canción Jerusalema, cantada por la cantante Nomcebo y el artista Master KG.

Otra experiencia, muy relacionada con esta, viene expresada en el término alquímico del “hijo de la viuda” referida a la piedra filosofal. Parece que el término tiene su origen en el maniqueísmo puesto que a los maniqueos se los llamaba “hijos de la viuda”. También se les conoce así a los masones y a Malkut, en la Cábala, se la conoce como “viuda”. Estas designaciones aluden a que la piedra no tiene padre. El término viuda proviene del latín videre que significa en castellano “separarse”. Por lo tanto, es imprescindible separarse de aquello a lo que permanecemos unidos en identidad inconsciente, aquello que nos hace estar ligados y, por ende, que nos mantiene en un estado de dependencia y de falta de libertad, si es que queremos ser conscientes del trasfondo arquetípico, de la realidad detrás de la proyección.

Además de esta experiencia de retirada de proyecciones/desilusión, la viuda se refiere a la madre, esto es, al origen de la vida; en lo que atañe a la consciencia su origen es lo inconsciente. Que el hijo no tenga padre representa, desde un punto de vista simbólico, que la consciencia ha de estar completamente desprendida de las ideas que conforman el saber colectivo (el padre). La consciencia no puede acceder a la profundidad si están presentes en el hijo (la consciencia), en alguna medida, las ideas colectivas. Pues la consciencia se mantendría unida a las ideas superiores, al padre, lo que le impediría toda conexión incestuosa con lo inconsciente. 

Los psicólogos de orientación junguiana, así como las personas que realizan un proceso de individuación, tratamos con las regiones oscuras, ctónicas o subterráneas de lo inconsciente. Esto contrasta con las ideas que provienen de una consciencia luminosa, ligada al padre, que se adquiere cuando se abraza una religión o un sistema filosófico altamente diferenciado. Esta sabiduría proviene de lo alto, de ideas abstractas y “elevadas”, a diferencia de la consciencia del “hijo de la viuda” que es incestuosa porque tiene oscuras relaciones con la madre (lo inconsciente). De ahí que, para una consciencia colectiva resulte cuanto menos sospechosa, cuando no directamente escandalosa.

Con esta última afirmación me estoy refiriendo a dos modos de relación con la realidad numinosa que, por ser opuestos, muchas veces provocan en quienes los experimentan profundos malentendidos, cuando no directamente enemistades insalvables. Esto forma parte en todo caso del juego de opuestos y de cómo cada parte tiende a identificarse con un opuesto,  rechazando a su contrario. Pero lo cierto es que, para una mentalidad que honra al Padre, y por lo tanto, a todas aquellas ideas metafísicas, filosóficas o religiosas que proceden de una religión establecida, de un sistema filosófico/científico o, incluso, de una ideología laica ese es el modo adecuado para ellos de experimentar el trasfondo arquetípico/numinoso. Estás personas pueden ser llamadas "hijos del padre" y su camino es una vía seca.

Por el contrario, para quienes el padre ha muerto y son, por tanto, "hijos de la viuda", el camino hacia la obtención del lapis proviene de la relación directa con la profundidad de lo inconsciente, con la madre, y para ellos el trasfondo arquetípico es experimentado mediante las imágenes arquetípicas que, por cierto, están en el origen de las diversas religiones, sistemas filosóficos e ideologías laicas. Estas personas pueden ser llamadas "prístinos hijos de la madre". Y su camino es una vía húmeda.

  Iglesia Espiritual

Otra experiencia que tiene una base arquetípica es aquella que viene representada por la Iglesia Espiritual. A diferencia de las Iglesias colectivas y exteriores, esta idea de la Iglesia Espiritual alude a la unión fraternal de todas aquellas personas que han tenido la profunda experiencia del sí mismo. Sobre esta experiencia dice un texto alquímico lo siguiente: “Espíritu es Dios y quienes Le adoran han de hacerlo en el espíritu y en la verdad”.  La vivencia individual de la profundidad hace que todas aquellas personas que se han visto convocadas desde el sí mismo (el espíritu de Mercurio) a experimentar un proceso de individuación se encuentren unidas a través de un vínculo espiritual, que trasciende todas las barreras materiales. No es una congregación de corderos alrededor de un pastor, sino una unión de seres humanos que se han separado del rebaño para convertirse en individuos.  

Para ir a la quinta parte de este artículo pincha aquí

Bibliografía:

González, J. (2020). INICIACIÓN. El estertor del patriarcado. Ed. El hacedor de lluvia. 

González, J. (2020). La hermandad de los iniciados. Ed. El hacedor de lluvia. 

Jung, C. G. (2002) Mysterium Coniunctionis. Ed. Trotta. Vol. 14.

martes, 23 de febrero de 2021

PSICOTERAPIA DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA. CURA DEL ALMA.


PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA. PARTE 2.

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.



En la segunda parte de este extenso artículo escrito para Psicología junguiana  decíamos que el encuentro del yo con lo inconsciente resulta penoso para la consciencia. Los pacientes experimentan que su mundo, todo por cuanto han luchado y por lo que se han sacrificado, comienza a tambalearse; incluso empiezan a sentir que ya no tiene sentido, o que no les motiva continuar sosteniendo lo que hasta ese momento les hacía sentirse vivos.

La Herida

La alquimia representa la experiencia del yo en sus primeros contactos con lo inconsciente mediante el símbolo de la herida. En efecto, el yo se siente herido en el encuentro con lo inconsciente, siendo el primero de ellos el más terrible. Esto ocurre siempre que la psicoterapia conduce a una cierta profundidad y, allende los contenidos de la sombra, comienzan a aparecer en los sueños motivos de carácter arquetípico. Es importante comprender que se trata de una experiencia inevitable, y no un fenómeno anómalo que deba tratarse con psicofármacos, por ejemplo.

Esa experiencia de la consciencia ha sido simbolizada mediante diversas representaciones: Ra herido en el pie por la serpiente que Isis le pone en su camino; el lobo engullendo al Rey; el mordisco del perro enloquecido; cupido hiriendo con sus flechas los corazones de sus víctimas, etc. Todos estos motivos aluden al símbolo de la mortificación, de los padecimientos del alma, también presentes en la Noche Oscura de Juan de la Cruz.

La coniuntio o el arquetipo del incesto

Además de esta experiencia de la herida, hay otras experiencias que la consciencia experimenta en sus primeros encuentros con lo inconsciente. Una de ellas es el sentimiento de culpa. La relación de la consciencia con lo inconsciente es simbolizada en la alquimia mediante el símbolo de la coniunctio o del hierosgamos, es decir, de la conjunción de los opuestos. Este símbolo central se relaciona con el arquetipo del incesto, tan caro al psicoanálisis. Freud comprendió y explicó el incesto desde un punto de vista concreto y personal. Y se refirió al tabú del incesto también desde un punto de vista personalista, siendo el padre el responsable de instaurar la prohibición del incesto. Sin embargo, además de este punto de vista, el incesto puede comprenderse como un símbolo arquetípico, y por tanto alude a la experiencia de un retorno a la fuente o al origen (la Madre) de la consciencia, es decir, lo inconsciente. El título de mi primer libro, El retorno al Paraíso Perdido. La renovación de una cultura, se refiere a esa experiencia.

En sueños suele representarse mediante un retorno a la infancia, y pueden surgir símbolos como el árbol (la Madre), el jardín en el centro de una estructura circular o la fuente. A través del tabú del incesto se prohíbe la unión del yo con lo inconsciente, dado que en el proceso evolutivo la consciencia tiene que hacer un tremendo esfuerzo por separarse de la Madre-Origen-Infancia-Inconsciente para conseguir una posición de madurez y responsabilidad, separada del grupo familiar. Un ejemplo de este proceso, y de la prohibición del incesto, lo podemos ver en la saga El Padrino. Y el final del patriarcado, como etapa psíquico-espiritual dominada por el arquetipo del padre y, por lo tanto, con el fortalecimiento de la consciencia desde un punto de vista colectivo-nacional, lo vemos en España durante el franquismo, y, en especial, en su transición a la democracia con el golpe de estado del 23F de 1981.

Solo se produce una pérdida de esta situación tan duramente ganada cuando un hecho vital provoca una introversión profunda. Un ejemplo de tabú del incesto lo hallamos en el Decálogo del Antiguo Testamento, concretamente en el Segundo Mandamiento en donde se prohíben expresamente las imágenes. Estas aparecen precisamente en el encuentro con lo inconsciente y abren las puertas a la profundidad. Que esto ocurra, que exista una prohibición expresa al retorno al origen, significa que el acceso de la consciencia a la profundidad no es adecuado, ni apropiado, sino solo para unos pocos “transgresores de la ley”. De ahí el sentimiento de culpa que surge como consecuencia de la ruptura del tabú. En la mayoría de los casos las explicaciones personalistas, reductivas y concretas, que honran el tabú del incesto, son las adecuadas.

Un yo inmaduro podría sufrir todo tipo de desgracias si tuviera acceso a lo inconsciente, como por ejemplo un brote psicótico, una esquizofrenia u otro trastorno mental grave. Recuerdo un sueño de un paciente de veinte seis años en el que se expresaba este peligro: en la escena aparecía el soñador queriendo mantener relaciones sexuales con una mujer desconocida (lo inconsciente, la Madre), por la que se sentía muy atraído, pero que no llegó a consumarlas porque se dio cuenta de que su falo era demasiado pequeño (yo inmaduro). A otro paciente le ocurrió que, a la edad de veinte años, quiso experimentar con marihuana y sufrió un brote psicótico.

Para ir a la cuarta parte de este artículo pincha aquí


Bibliografía

González, J. (2004). El retorno al Paraíso Perdido. La renovación de una cultura. Editorial Sotabur. 

González, J. (2020). Cómo integrar tu sombra. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. ( 2020). INICIACIÓN. El estertor del patriarcado. Ed. El hacedor de lluvia.

González, J. (2020). La hermandad de los iniciados. Ed. El hacedor de lluvia.

Jung, C. G. (2002) Mysterium Coniunctionis. Ed. Trotta. Vol. 14.


sábado, 13 de febrero de 2021

PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA

PSICOTERAPIA JUNGUIANA. LA CURA DEL ALMA. PARTE 1.

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.




Proseguimos en este artículo, escrito para Psicología junguiana, hablando de algunos de los básicos de la psicoterapia de orientación junguiana. Decíamos en nuestro anterior artículo que cualquier intervención terapéutica de cierta profundidad conduce al paciente a la confrontación con la parte oscura de su personalidad, es decir, con aquella parte de la personalidad desconocida y desagradable para la consciencia racional del paciente. Esta es una etapa del proceso terapéutico de especial importancia y el conflicto que experimenta el paciente es tan inevitable, como penoso. El paciente muchas veces me formula la pregunta de qué hacer, y tiende a proyectar sobre mí la propia responsabilidad, pensando ingenuamente que con mis conocimientos psicológicos puedo realizar un acto apotropaico que haga desaparecer el conflicto y el sufrimiento que el proceso comporta. Pero lo cierto es que no puedo hacer nada. Por supuesto mi actitud no es enteramente pasiva, puesto que me esfuerzo en hacer comprensibles los contenidos que lo inconsciente produce a la turbada consciencia del paciente; por ejemplo, mediante la interpretación de sueños e imágenes fantásticas (experiencias visionarias). El paciente, por su parte, tiene que hacer lo que esté en su mano para aterrizar lo que penosamente va comprendiendo, al principio solo intelectualmente, así como para evitar que el impulso negativo que emerge desde lo inconsciente se apodere de su consciencia.

Alquimista meditando en el estado de nigredo.
De H. Jamsthaler, Viatorium spagyricum,
Fráncfort,1625, p. 27.


Esta primera etapa del proceso terapéutico, el denominado encuentro con la sombra, se corresponde con la etapa del opus alquímico denominada nigredo. De ella dicen los alquimistas que experimentan graves dificultades y tristezas, comparables a las expresadas por Juan de la Cruz en su noche oscura del alma, y que se corresponden con las graves aflicciones del alma que se experimentan durante este período crítico. De ahí que un alquimista como Michael Maier diga sobre esta etapa que “en la química hay cierto cuerpo noble (lapis) al comienzo del cual reinan la miseria y la amargura, pero en cuyo fin reinan la delectación y la alegría; supuse, pues, que esto también habría de ocurrirme a mí, es decir, que al principio encontraría dificultades, tristeza y disgustos, pero que al fin me sería dado ver las cosas más alegres y más ligeras”, conduciéndole a “meditar en los bienes celestiales”  arrojando de él “todos esos cuidados sin importancia, como comer y vestirse, y es como si hubiera vuelto a nacer”.

En el siguiente fragmento un maestro alquimista llamado Morieno introduce en el arte a un discípulo (Calid) del siguiente modo:

“A decir verdad, esta cosa que buscaste durante tanto tiempo no puede obtenerse por violencia o pasión. Se obtiene únicamente en virtud de paciencia, humildad y un amor decidido y perfecto. Pues Dios concede esta ciencia divina y pura a los que creen en Él y lo sirven, es decir, a aquellos a los que Él decidió concedérsela desde la naturaleza original de las cosas… Y ellos -los elegidos por Dios- no eran capaces de retener nada si no era por la fuerza que Dios les concedía, ni tampoco dirigir la mente por sí mismos, si no era hacia la meta que Dios les había impuesto. A decir verdad, Dios encarga a aquellas personas que Él mismo escogió deliberadamente que investiguen esta ciencia divina, oculta a los hombres, y que conserven en sí lo investigado. Esta es, en efecto, la ciencia que aleja a su señor -o sea, al que la ejerce- de la miseria del mundo y lo conduce al conocimiento de los bienes futuros.

                Cuando el rey preguntó a Morieno por qué prefería vivir en montes y desiertos antes que en monasterios, este le respondió: No dudo de que en los conventos y comunidades he de encontrar mayor paz, y en los desiertos y en las montañas, fatigoso trabajo; pero nadie cosecha lo que no siembra… El acceso a la paz es extremadamente estrecho y nadie puede entrar en ella si no es por el sufrimiento del alma.”

Los alquimistas coinciden en general en que la realización de su obra solo es posible con la ayuda de Dios (Deo concedente), que es Él mismo (Dios) quien los introduce en semejante proceso, para el que han de padecer terribles tormentos, sufrimientos del alma. Desde un punto de vista psicológico se produce primero una desorientación de la consciencia, una oscuridad por falta de comprensión; posteriormente, tiene lugar una reorientación que, en parte, consiste en la visión y la escucha de la ley interna, de la naturaleza interior o de la propia profundidad. Tal cambio de actitud es simbolizado mediante una muerte y un renacimiento.

Así pues, durante la etapa de nigredo, de confrontación con la parte oscura de la personalidad que denominamos sombra (inconsciente personal), tanto el paciente, como yo mismo, debemos esperar paciente y penosamente, con cierta confianza en Dios (en lo inconsciente o en el proceso interno) hasta que del conflicto que el paciente soporta con valentía surja una solución desde la profundidad, que yo no puedo prever, y que está destinada únicamente a la persona sometida al tratamiento. Con el encuentro con el mal (entiendo por mal todo aquello que dificulte, impida, desvíe, se oponga o destruya la realización de la personalidad total), el paciente ha de aceptar al pecador que hay en él; experimentará que el amor nos mejora, mientras que el odio y la culpa nos empeora, aunque seamos la misma persona.

Para ir a la tercera parte pincha aquí

Bibliografía:

Jung, C. G. (2005). Psicología y Alquimia. O.C. Vol 12. Ed.  Trotta.

domingo, 31 de enero de 2021

¿ES LA PSICOTERAPIA UN MÉTODO PARA LA CURA DEL ALMA?


¿ES LA PSICOTERAPIA UN MÉTODO PARA LA CURA DEL ALMA?

José González. Psicólogo y terapeuta de orientación junguiana.



En este artículo que hoy escribo para psicología junguiana me voy a referir a algunos temas básicos referentes a la psicoterapia. Para ello me pregunto si la psicoterapia es un método que busca la cura del alma, y qué es lo que en la práctica encontramos cuando la abordamos desde una orientación junguiana que por definición es también transpersonal. Este último término se utiliza en el ámbito de la psicología para referirse a la gnosis.

En el proceso de psicoterapia resulta casi inevitable tener que abordar el trabajo con el paciente, al menos en los primeros momentos, de un modo personalista. Para empezar, la consciencia de los pacientes es aún demasiado estrecha como para comprender que las personas  significativas en su vida son las perchas en las que se proyectan los contenidos de lo inconsciente. Es decir que, en un primer momento, el paciente cree que los conflictos que padece tienen su origen en las relaciones que mantiene o que mantuvo con sus seres queridos. Su familia, sus amigos, y el resto de personas significativas representan la totalidad de su psique, en cuanto que los componentes de esta son proyectados en dichas personas significativas y personificados por estas. Sin embargo este estado psíquico es peligroso en el paciente adulto, puesto que se trata de un estado regresivo. Debo, no obstante, hacer aquí una precisión. No cabe duda de que en algunas circunstancias, como por ejemplo en los casos de personas significativas con trastornos graves de la personalidad, como es el caso de los psicópatas cotidianos, adaptados o subclínicos, el daño que pueden producir en la personalidad del paciente no ha de subestimarse. Sin embargo, en ese estado original o infantil, las partes de la personalidad que han sido integradas fatigosamente durante la vida del paciente, vuelven a proyectarse en lo exterior, salvo en los casos de infantilismo patológicos en los que a duras penas fueron integradas. Corre por tanto el peligro de perder el sentido de su propia responsabilidad y con ello se instaura una especie de estado de inocencia, de modo que todo lo malo se encuentra en el padre o lo defectuoso en la madre, que por supuesto siempre tienen la culpa de todo lo que les ocurre. Toda imperfección en los padres, abuelos, hijos, hermanos, parejas o cualesquiera personas significativas para el paciente es proyectada y, por ende, son ellos los que tienen la culpa de lo que les ocurre. Así permanece atado al pasado, y no advierte que con ello pierde su libertad para decidir qué hacer con su vida. Por el contrario, todo hombre adulto sabe, o debería saber, que cualquier conflicto, problema, imperfección, o acto malévolo, es también un elemento propio que es preciso tener muy en cuenta. Así, una personalidad madura mira a su propia profundidad y se pregunta por su destino, haciéndose responsable de su “sí mismo”.

A medida que el proceso terapéutico avanza, el paciente comienza a enfrentarse con su sombra, esa parte de su personalidad de la cual tiende a  desembarazarse en virtud de la proyección:  Bien, descargándola en alguna persona significativa que pueda cargar con el peso de los pecados, que en el fondo todos poseemos; bien, mediante la acción de un redentor que se convertirá en chivo expiatorio de su propia infamia. Sin embargo, como bien sabemos, no puede haber arrepentimiento sin pecado, y sin arrepentimiento no hay gracia redentora. A la persona común, y al cristiano colectivo, no se le ocurre que precisamente en el encuentro con el mal puede haber un propósito divino, que en última instancia pueda provocar una Redención. El mal exige en psicoterapia que se lo tenga tan en cuenta como el bien, pues no existe en el fondo ningún bien del que no pueda surgir un mal, ni ningún mal del que no pueda surgir un bien. Uno podría preguntarse cómo es posible que de la acción de un psicópata pueda surgir bien alguno, dado que por definición la psicopatía comporta la ejecución del mal, por el mal mismo. Sin embargo, hay casos, que he tenido oportunidad de observar en la consulta, en los que la acción malvada de un psicópata ha provocado importantes transformaciones en las personas que han sufrido su actuación.

Para aquel que sabe, la justa acción del injusto, y la injusta acción del justo no le provocarán perplejidad, y menos aún lo deslumbrarán. Ahora bien, además de las dificultades morales, hay un peligro mayor si cabe cuando el paciente enfrenta los contenidos de la sombra: dichos contenidos están vinculados con los arquetipos del inconsciente colectivo, por lo que al adquirirse conciencia de la sombra se toca la capa profunda del alma. Es entonces cuando se hace absolutamente indispensable facilitar a la consciencia un contexto que favorezca la comprensión de los contenidos de la psique colectiva: la comparación de dichos contenidos con materiales mitológicos.

Al principio, el contenido de los sueños es caótico e imprevisible y apenas permite comprender que existe una meta u objetivo hacia el que apuntan. Sin embargo, a medida que avanzamos en la comprensión de los contenidos de los sueños, estos empiezan a asumir formas determinadas que señalan hacia un centro. Lo cierto es que esta disposición centrada ya aparece en los primeros sueños a través de imágenes circulares, que nos muestran cómo el proceso sigue un curso de desarrollo cíclico o espiralado. Así, el proceso de individuación, es decir, de hacerse consciente de sí mismo, sigue un curso de acción en el que el yo consciente va girando alrededor de un centro que lo contiene y que actúa a la manera de un atractor de contenidos y experiencias.

Algunos pacientes, por otro lado perfectamente adaptados a la cultura y a la sociedad de su tiempo, se percatan de la necesidad que tienen de estar a solas consigo mismos. Muchas veces se dan cuenta de que son vistos por las personas corrientes como gente extraña, poco sociable, algo raras y extravagantes, en una cultura cuyos valores son básicamente extravertidos. El hombre occidental está hechizado por los objetos de este mundo y no tiene apenas consciencia de las raíces de su árbol. Por eso, para una actitud que carga el acento en el mundo exterior, en los objetos, al hombre interior se le ha despojado de contenido y con ello el alma ha quedado vacía. Motivo por el cuál la psicología académica occidental se parece más a una ingeniería comportamental que a una ciencia del alma. El hombre occidental ha perdido su relación con el alma y por ello no sabe cómo abordar su cura.

A estos pacientes que han tomado la determinación de hacerse cargo de su propia Cruz, porque les ha ocurrido un acontecimiento extraordinario, una actitud excepcional en una cultura dominada por una psicología infantil, he de recordarles que la soledad es la marca de aquel que está realizando una peregrinación por el alma. Les recordaré que los buscadores son solitarios por excelencia, y les citaré lo que algunos alquimistas, como Khunrath, dicen respecto de su modo de comportarse: “Y así también en el laboratorio procede solo y por ti mismo, sin colaboradores o ayudantes, no sea que Dios, el solicito, a causa de tus ayudantes a quienes no quiere conceder el arte, te sustraiga a ti mismo de ella (la piedra)”.

Para ir a la segunda parte de este artículo, pincha aquí.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

PSICOTERAPIA DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA


En esta entrada que hoy escribo para Psicología junguiana quería hablar sobre la psicoterapia de orientación junguiana que practico en mi consulta. Pueden encontrar este mismo texto en el apartado "PSICOTERAPIA".

La psicoterapia de orientación junguiana parte de las premisas teórico-prácticas del psiquiatra suizo Carl Gustav Jung. Quienes hacemos este tipo de psicoterapia entendemos que las técnicas o métodos que utilizamos en la práctica psicoterapéutica, a diferencia de otros posibles enfoques de psicología, se transforman en una cosmovisión, en una forma de ver el mundo y en una actitud vital que considera la relación de la consciencia con el ámbito espiritual o sagrado como la auténtica psicoterapia. En este sentido, distinguimos entre dos tipos de psicoterapia: 

1. La "Pequeña Psicoterapia": Consiste en la eliminación o disminución significativa de los síntomas que el paciente presenta cuando acude a consulta. Esto ocurre, por ejemplo, cuando un paciente padece síntomas de algún trastorno psicopatológico, como por ejemplo los síntomas de un trastorno del estado de ánimo, como la depresión o la ansiedad, y el terapeuta aborda dicha sintomatología, contando con el paciente, mediante la puesta en práctica de una metodología de corte cognitivo conductual o analítico conductual. Al hacerlo así, los síntomas tienden a remitir en el transcurso del proceso psicoterapéutico. 

2. La "Gran Psicoterapia": Consiste en favorecer que el paciente experimente un "encuentro con lo inconsciente", es decir, con aquella parte de sí mismo que desconoce y que, por ese motivo, habitualmente permanece fuera del ámbito de su consciencia. Con ello puede dar comienzo lo que en psicología junguiana denominamos el "inicio de un proceso de individuación" o una "iniciación a la profundidad". El paciente comienza a darse cuenta de aquellos fenómenos psíquicos (contenidos de lo inconsciente) que son los auténticos causantes de los síntomas que padece y por los cuales acudió a la consulta. Con ello logramos una modificación de la actitud que posibilita un cambio positivo y duradero que repercute en una sustancial mejora de la calidad de vida del paciente. 

Al igual que otras orientaciones integradoras, la terapia de orientación junguiana se nutre de las aportaciones de autores de diversas escuelas (S. Freud, A. Adler, A. Maslow, S. Grof, J. Nelson, E. Neumann, R. Assagioli, V. Frankl, K. Wilber, etc.) y de distintos paradigmas (cognitivo-conductual, psicoanalítico, post-junguiano, humanista, transpersonal, integral, etc.), pero sin perder de vista la realidad total del individuo. Esto significa que la perspectiva antropológica y filosófica, así como el modo de abordar la realidad anímica, puede no coincidir con la mantenida por muchos de los paradigmas de psicología hoy vigentes. De hecho, la verdadera integralidad de la orientación junguiana reside en que, en la terapia, tenemos en cuenta no solo aquello que el paciente expresa conscientemente, la conducta observable en la consulta, los actos fallidos, etc.; tampoco nos limitamos a considerar los aportes teóricos de diversas escuelas y/o autores o la aplicación de técnicas o métodos terapéuticos; además de todo ello, tenemos en cuenta aquello que el inconsciente (en el paciente, en el terapeuta y en la interacción entre ambos) nos dice de la problemática con la que el paciente viene a la consulta. Por lo tanto, los sueños y los fenómenos de sincronicidad (coincidencias plenas de sentido para el paciente y/o el terapeuta) constituyen una parte importante del repertorio terapéutico.


Por cierto que lo inconsciente lo consideramos desde una perspectiva diferente a como lo entiende el psicoanálisis clásico. Lo inconsciente no solo incluye los instintos, las pulsiones, los deseos o los complejos, sino que, al mismo tiempo, se refiere a todo aquel microcosmos anímico en el que habitan los conocidos arquetipos, modelos de ordenación de los contenidos inconscientes, patrones de conducta o disposiciones innatas a reaccionar ante diferentes situaciones como seres humanos. En este sentido, la capacidad de tener una experiencia de iniciación a la profundidad que habita en el hombre, por ejemplo, es una disposición innata y, por lo tanto, posible o accesible, en principio, a todo ser humano. Sin embargo, la experiencia clínica, la investigación en psicología junguiana, la antropología y la historia de las religiones nos enseñan que dicha experiencia tiende a sucederle a un reducido número de personas. Así, las dimensiones biológico-instintiva, cognitiva o mental, conductual, social y espiritual forman parte de la persona y, por lo tanto, son objeto de consideración en el contexto terapéutico.


Otra de las características definitorias de la terapia de orientación junguiana es la falta de intervención directiva y, al mismo tiempo, el respeto al proceso de transformación del paciente. Esto puede parecer extraño a muchos psicólogos, quienes están más pendientes de medir la eficacia y la efectividad de la intervención terapéutica, muchas veces con la idea errónea de que la solución al conflicto del paciente depende solo del uso del método o técnica más adecuados (por lo tanto, de la supuesta profesionalidad y metodología científica que emplea el psicólogo), pero lo cierto es que la experiencia acaba mostrando que la terapia es un proceso autónomo, que involucra a la totalidad del paciente y del terapeuta.

Dada la tendencia holística de la terapia de orientación junguiana consideramos, también, que el ser humano es una totalidad formada por un conjunto de dominios, partes o subsistemas que se encuentran en interacción e interrelación y que generan ciertas sinergias o propiedades emergentes. De ahí la importancia de tener en cuenta las relaciones entre la consciencia y lo inconsciente, tanto en el propio paciente, como en el terapeuta y en la interacción de ambos. En este sentido, la terapia de orientación junguiana parte de la premisa, avalada por la experiencia repetida, de que no existe una separación entre lo que le sucede al paciente cuando se presenta en la consulta, el trabajo interior que el terapeuta realiza en sí mismo y los conflictos o problemas que acucian a la sociedad de su tiempo en un momento y en un lugar dados. Muchas veces el paciente trae a la consulta la misma problemática que el terapeuta ha tenido/tiene que abordar en sí mismo y que tiene en jaque a toda una sociedad.


En el marco de la psicoterapia junguiana se entiende la vida del ser humano como dividida en dos polos, vertientes o etapas fundamentales:


1.       Durante la primera de ellas, las personas necesitan aprender a afrontar la vida, por lo que van madurando, creciendo y desarrollándose hasta que son capaces de integrarse en la sociedad y cultura en la que viven. Los individuos vivimos una infancia, adolescencia y primera juventud, habitualmente siendo educados por nuestros padres, formándonos en un oficio, estudiando una carrera universitaria, integrándonos en un grupo de iguales, manteniendo una relación de pareja, teniendo descendencia, etc. En esta primera etapa, la terapia se focaliza en ayudar al paciente a ir atravesando las diferentes subestaciones o subetapas vitales, que pueda alcanzar ciertas metas u objetivos, que adquiera disciplina, autonomía, voluntad, etc. En definitiva, que rompa los lazos que le unen a la infancia y a la familia para que pueda crear un "yo" estructurado y una máscara social que le ayuden a relacionarse en sociedad y a afrontar y asimilar las dificultades y frustraciones que puedan ir surgiendo.

2.      Durante la segunda gran vertiente la persona necesita aprender a prepararse para la muerte, el reencuentro con el alma y la consiguiente metanoia o cambio completo de mentalidad. Alrededor de la segunda mitad de la vida puede dar comienzo lo que, en psicología analítica, se denomina el proceso de individuación. A partir de este momento, el terapeuta junguiano se convierte en un guía o ayudante en la difícil travesía que supone el encuentro del yo consciente, ya formado y estructurado, con el mundo del alma, con ese microcosmos del que la consciencia de la persona no es sino una pequeña parte. Dicho encuentro se experimenta como una auténtica crisis, como una muerte y un renacimiento, o, en palabras del terapeuta de orientación junguiana, Raúl Ortega, como "una transformación de lo viejo por fusión con otra personalidad interna, que cambia al hombre por dentro y por fuera". En esta segunda etapa, aquellas partes de la personalidad que vivían una vida oculta en el fondo del alma, proyectadas en las personas, circunstancias o sucesos exteriores, es decir, problemas y conflictos que se creía que provenían de fuera, comienzan a ser reconocidas como constituyentes de una totalidad mayor que forma parte de uno mismo o, mejor, que uno mismo forma parte de Ella. Así, por ejemplo, todo aquello que a la persona le desagradaba del mundo, como algunas personas, entornos sociales o familiares o circunstancias desagradables en las que se veía involucrada empiezan a ser reconocidas también como partes conflictivas de sí misma. En sus relaciones eróticas con personas del otro sexo, el individuo puede empezar a sospechar o a darse cuenta de aquellos aspectos desconocidos de sí mismo que se encuentran presentes en la relación y que creía que pertenecían al otro o que provenían del otro. Por último, puede producirse un despertar de su consciencia a la Realidad espiritual.


domingo, 4 de marzo de 2018

¿QUÉ ES LA PSICOTERAPIA DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA?

¿En qué consiste la psicoterapia de orientación junguiana tal y como la entiendo y practico en mi consulta y ON LINE? 

Por José González


Cuando comencé a estudiar por primera vez Psicología analítica, hace ahora algo más de dos décadas, simultaneaba estudios en Ciencias Ambientales. Por aquél entonces ya avizoraba la necesidad e importancia de incluir, como una dimensión más en el tratamiento terapéutico, la relación de la persona con la Naturaleza. No obstante, por mi formación como ambientólogo, concebía la relación en sentido contrario: para tener una mayor sensibilidad y consciencia ambiental consideraba que era necesario incluir en la ecuación el resto de dimensiones humanas (véase más adelante).

En los últimos años de mi formación como científico ambiental me dí cuenta de que estábamos viviendo una "crisis ecológica" mundial. Sin embargo, por aquel entonces, a finales del siglo XX, aún no era plenamente consciente de la importancia del trabajo terapéutico de las dimensiones más profundas de la psique, si queríamos sobrevivir como especie en este maravilloso planeta llamado Tierra. Y, sobre todo, de que el inicio del camino que conduce a la expresión de la verdadera autenticidad del individuo le hace a este, al ser humano, tomar consciencia de la importancia de ser respetuoso con el medio ambiente. 

La autorrealización de la profundidad del hombre provoca que su consciencia se vea transformada. Que abandone la estrecha perspectiva subjetiva, esa vanagloria del yo que es uno de los criterios diagnósticos del narcisismo -el malestar de nuestra cultura -, (pese a que sea precisamente la ausencia de un yo firme lo que caracteriza a todos los trastornos de la personalidad del cluster B) y se abra a una cosmovisión que incluye la interdependencia del hombre con la Naturaleza. 

Transcurridos cerca de 10 años desde la finalización de mi formación como ambientólogo y ya inmerso en el ámbito de la psicología, se me hizo cada vez más claro que un tratamiento psicológico eficaz debía considerar todas las dimensiones que conforman la realidad del individuo. Por ese motivo, en mi trabajo como psicólogo y terapeuta de orientación junguiana tengo en cuenta todas estas dimensiones y su interrelación, si bien no todas ellas tienen el mismo peso en la expresión de los síntomas. Es decir, existe una jerarquía. Dichas dimensiones son:

- El aspecto biológico: La adecuada alimentación es uno de los pilares básicos para mantener un estado de salud óptimo. Mi formación en ambientales me permitió conocer el proceso de producción de los diversos alimentos, así como de la importancia de incluir en la medida de lo posible alimentos procedentes de la agricultura ecológica. Muchas veces encontramos que un malestar físico o fisiológico es un síntoma de un conflicto emocional; y, viceversa, una inadecuada higiene alimentaria o del sueño puede provocar malestar psíquico, como síntomas de ansiedad y/o depresión.

-El aspecto cognitivo y conductual: La dimensión intelectual o mental, así como la conducta observable, son imprescindibles tanto para el diagnóstico, como en el tratamiento. De hecho, en algunos pacientes, la psicoeducación es el abordaje más adecuado. 

-La dimensión social: Una red de relaciones y una calidad y calidez en las mismas es un aspecto fundamental para llevar una vida saludable.

-La dimensión emocional: Hoy se habla de inteligencia emocional y los psicólogos junguianos hablamos del desarrollo de la dimensión relacional, erótica y sentimental.  Se incluye en esta dimensión la empatía (la capacidad de ponerse en el lugar del otro) y la simpatía (la capacidad de padecer con el otro y de desear que las cosas le vayan bien).

-La dimensión intrapsiquica: El autoconocimiento de las dimensiones inconscientes personales que pueden lastrar el desarrollo psíquico de una persona. 

-La dimensión ecológica: Somos humanos y, por lo tanto, habitantes de la Tierra. La consideración del impacto que provocamos en la Naturaleza por el mero hecho de vivir es muchas veces un asunto que apenas se considera en el ámbito de la terapia. Pero lo cierto es que el contacto respetuoso con la Naturaleza es indispensable para mantener un mínimo equilibrio psíquico. Por eso, en ocasiones, una de las indicaciones que realizo durante una psicoterapia es el paseo por un entorno boscoso/montañoso.

-La dimensión espiritual: A diferencia de otros enfoques terapéuticos considero esta dimensión como la más esencial o radical de todas. Pues esta se expresa en todas y cada una de las demás dimensiones y, a su vez, aquellas dependen de esta. Ello no significa que el abordaje inicial o fundamental sea siempre el espiritual, pero sí que en la consideración de todas las dimensiones tengo siempre presente esa relación jerárquica. Esta es la dimensión de Sentido y su lenguaje es el simbólico. 

Aún considerando todas estas dimensiones la felicidad de una persona no está garantizada.

sábado, 15 de octubre de 2016

LAS ETAPAS EN EL PROCESO TERAPÉUTICO DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA



LAS ETAPAS EN EL PROCESO TERAPÉUTICO DE ORIENTACIÓN JUNGUIANA

José González psicólogo y terapeuta de orientación junguiana


En esta entrada me gustaría presentar, de un modo divulgativo y esquemático, los diferentes estadios o etapas de un proceso de psicoterapia desde una orientación junguiana. Por supuesto que las cosas se pueden comprender y clasificar de diferentes modos, pero aquí presentaré cómo lo entiendo desde mi orientación junguiana.



La primera etapa del proceso terapéutico, que siempre ha de trabajar con la transferencia[1], consiste en que el paciente comprenda que está viendo el mundo desde la habitación de su casa materna/paterna o desde el colegio, proyectando todas las figuras de autoridad, masculinas o femeninas, que ha tenido a lo largo de su experiencia biográfica. Sin embargo, además de esta perspectiva objetiva, una perspectiva madura precisa que el paciente comprenda el valor subjetivo de todas esas imágenes que le causan problemas. Tiene que darse cuenta de que forman parte de él y de qué manera lo hacen. Debe de averiguar cómo atribuye un valor positivo a una persona, circunstancia o suceso cuando en realidad es él quien podría y debería desarrollar o hacerse cargo de ese valor. De igual modo, cuando proyecta cualidades negativas en otras personas, y odia o envidia a alguien, es importante que descubra que está proyectando su propio lado inferior, su sombra, dado que prefiere tener una imagen optimista y positiva, aunque parcial, de sí mismo. La problemática con la que el paciente viene a consulta le invita a convertirse en una personalidad madura, completa, y esto incluye la responsabilidad por su totalidad, con sus defectos y sus virtudes, sus funciones superiores e inferiores.



La segunda etapa del proceso terapéutico consiste en la discriminación o diferenciación entre los contenidos biográficos y los contenidos arquetípicos. En el primer estadio, trabajamos la disolución de las proyecciones de carácter personal o biográfico. Estas se pueden disolver mediante la toma de consciencia. Ahora bien, las proyecciones transpersonales o arquetípicas no desaparecen, ni se disuelven porque se hagan conscientes. Los arquetipos forman parte de la estructura anímica de la psique y, a diferencia de los contenidos personales, no son lastres que uno tenga que soltar y dejar atrás. Se trata de contenidos que compensan la actitud consciente y son de la mayor importancia. Es más, constituyen una auténtica protección frente al padecimiento de un trastorno mental. Los arquetipos, entendidos como modos de reaccionar o de comportarse, intervienen y permiten que la persona se adapte a una situación desconocida de un modo adecuado a su propia naturaleza. Una de esas imágenes que suele presentarse con frecuencia en mi consulta es la del redentor. Dado que esta imagen forma parte de la profundidad del ser humano es natural que se constele, es decir, se active y se prepare para la emergencia plena en la consciencia, en situaciones críticas en las que la persona se siente perdida, desorientada. Huelga decir que el paciente que se encuentre en una situación así, reflejo de lo que sucede en el mundo, tenderá a proyectar la imagen de un salvador en el terapeuta. Y que el terapeuta trabajará con el paciente para que este retire dicha proyección en él. Con ello se pretende disolver el acto de la proyección, es decir, el lugar en el que dicha imagen arquetípica está transferida -el psicoterapeuta-, pero nunca el contenido que está siendo transferido -el arquetipo del salvador o redentor-, puesto que esto último resulta imposible. Los arquetipos son factores dinámicos trascendentes a la consciencia que contienen un poder enorme. Son factores tan poderosos que pueden cambiar toda una vida, así como toda la realidad del mundo, pues son los factores decisivos que producen los acontecimientos mundiales.



La tercera etapa de la terapia consiste en distinguir o diferenciar los factores arquetípicos o transpersonales de la propia relación personal con el terapeuta. Entra dentro del proceso terapéutico normal que le caigas bien al paciente si has trabajado con ahínco, paciencia y esmero con él, y tú también sentirás aprecio por el paciente, pues has trabajado codo con codo con él. Pero esta reacción es adecuada siempre que no esté viciada por la proyección de factores arquetípicos o transpersonales no reconocidos como tales. Esto significa que debe de haber en el paciente un reconocimiento y una aceptación de las imágenes arquetípicas, de su importancia y carácter religioso. Dicho reconocimiento puede suponer que el paciente se integre en una comunidad religiosa, en una Iglesia, en un credo, etc. Las dificultades auténticas comienzan cuando esa experiencia con su profundidad, con los arquetipos, no puede alojarse en el marco de una religión establecida. En ese caso, la experiencia arquetípica no encuentra un receptáculo adecuado, el paciente recae en la transferencia y las imágenes arquetípicas vician la relación humana con el terapeuta. En ese momento, el psicólogo o el terapeuta se convierte para el paciente en el redentor, y pobrecillo de él si no lo es. Desgraciadamente, ningún hombre puede ser un redentor, o un mago, ni ninguna otra imagen arquetípica que esté constelada en la profundidad del paciente.



Llegamos en este momento a la cuarta etapa del proceso de terapia que consiste en la objetivación de las imágenes arquetípicas presentes en la transferencia. Se trata de una parte esencial del proceso de individuación o realización de la profundidad del paciente. Su meta es la de separar las imágenes de la profundidad de los factores exteriores, ya sean estos personas, ideas, situaciones o circunstancias materiales y que comprenda que todo depende de si consigue una nueva relación con su profundidad. Cuando la persona comprende que el centro que gobierna y hace girar todo cuanto sucede en su vida (y en el mundo) se encuentra en él y deja de proyectarlo en factores exteriores, dotando al otro de un poder que emana de sí-mismo, su vida deja de depender de factores externos. El paciente necesita encontrar un modo individual con el que poder expresar las imágenes atemporales de su profundidad. Dichas imágenes arquetípicas deben tomar forma en la vida del modo que las caracteriza, ya que de lo contrario el individuo se desorienta y entra en conflicto consigo mismo. El método que utilizo en este cuarto estadio combina la interpretación de los sueños con el trabajo creativo mediante la imaginación activa, que puede adoptar diferentes expresiones adaptadas a las peculiaridades del paciente: escritura, dibujo, pintura, música, danza, etc.



En entradas posteriores desarrollaré aquellos aspectos de la terapia que aquí solo he podido esbozar.





Bibliografía:


Jung, C. G (2009). La vida simbólica. Vol 18/I. Obras Completas. Madrid: Ed. Trotta.






[1] La palabra transferencia significa pasar algo de un lugar a otro, llevar algo de una forma a otra. Se trata de un caso particular del proceso general que es la proyección. Proyección significa lanzar algo hacia fuera y en psicología lo entendemos como el proceso normal de trasladar hacia fuera un contenido subjetivo. Por ejemplo, cuando uno dice que el color de la sala en la que se encuentra es amarillo o azul está trasladando hacia fuera un contenido subjetivo, que es el color que él percibe. El color no está ahí sino que es el modo en que los sujetos percibimos la realidad exterior. Lo mismo sucede con el sonido y, en general, con todo aquello que percibimos a través de los sentidos. La transferencia sucede de un modo involuntario, como toda proyección, pero entre dos personas y, por lo general, en un marco psicoterapéutico.